César Augusto Pérez Pinzón: Creador de Mundos y Lector de los Tiempos

Publicado: abril 23, 2007 en Gabriel Arturo Castro

Por Jacobo Reyes Godoy

San Bonifacio de ibagué


EXORDIO DE PRIVACIDAD

Si la muerte nos advirtiera con la anterioridad de un día el instante de su mirada, qué diferente despedida y cuántas palabras, cuántos asuntos, cuánta calidez nos rodeara. Pero las cosas más bellas y también las más cruentas del mundo, lo son en gran parte, por la impresión sensitiva que nos causan.

El maestro César Pérez Pinzón ha partido con la anticipación aquella que evoca la fragilidad de la vida, la discontinuidad del tiempo y la necedad del destino. Nos queda la deuda irreparable de no haberle podido manifestar en vida lo que él significaba como escritor, como maestro y como persona. También queda frustrado el deseo de haberle podido conocer mejor; de llegar a saber sus gustos y desaires, más allá de lo literario. Pero para una persona que asumió el intimismo como emblema de vida, nada más coherente a su discurso que el hecho de que solamente un reducido número de personas, muy de sus afectos, sabrán guardarle por legado lo más personal y verdadero. Sólo ellos saben quién fue César Pérez en su total dimensión, para el resto de la sociedad que curiosea y olvida los valores individuales, César se lleva tras el silencio afable de su sonrisa, lo más preciado de todo hombre: la intimidad de su vida y la esencia de sus pensamientos y añoranzas.

ACADEMIA E INFLUJO DE LOS DIAS

El maestro César Pérez Pinzón nació en Alvarado (Tolima) en 1954 y el 22 de marzo cumpliría 53 años. Sin embargo, para la mayoría de nosotros no fue así; para nosotros César nació en 1995, año en el cual retorna a Ibagué. Para notros César nació con barba blanca; reconocimos en él desde el comienzo y con su sola forma de expresarse, su experiencia, serenidad y formación, su disciplina literaria y su intención universalista.

A muchas personas había expresado su deseo de volver a estudiar el latín, y recordar de esa forma los estudios de historia que realizara en Bogotá, en el Instituto de la Academia Colombiana de Historia, así como su formación en griego clásico en la Universidad de la Sabana. En verdad había viajado a la capital para estudiar derecho, pero cuatro semestres de esta carrera le bastaron para detestar esa profesión, según él mismo afirmaba. De este modo encuentra su verdadera vocación y desde la acción del conocimiento y la reflexión del hombre y de la condición humana, César inicia su vida como intelectual. “Una de las cosas más bellas que he podido hacer en mi vida es leer a Platón, Sófocles y Eurípides, directamente en los textos originales. Claro que con el tiempo se me ha olvidado el griego”, decía el maestro.

Las causas de su inclinación artística y filosófica, son ciertamente más antiguas y provienen del propio hogar materno. Dada la afición a la lectura que profesara su señora madre, Clemencia Pinzón, César tuvo acceso a una pequeña biblioteca donde halló obras de Dostoviesky, Andreyev y Gorki, entre otros varios. Su primer libro, obsequio de su madre, fue El Jugador, de Dostoviesky. Todo esto sumado a la estrecha relación con su tío, Everardo Pinzón, quien le enseñó la magia posible del intersticio literario, desde las narraciones que le hiciera del Quijote de la Mancha y Las Mil y Una Noches, habitando de esta forma en el futuro maestro, un singular equilibrio entre la profundidad del sentido realista del hombre y la aventura ilimitada en los vértices de la imaginación.

Desde siempre el arte fue su tema, incluso en su juventud de bachiller como alumno del San Luis Gonzaga, sucedida entre los amigos de la calle 12, César se distinguía como aquel joven aprendiz de intelectual y serenatero de ocasión, a razón de sus talentos para el canto y la interpretación de la guitarra. La necesidad de fondo no era solamente económica, era necesidad de experiencia, de libertad, de vida y de bohemia en torno a la palabra. De allí su profundo sentido del diálogo, que ya para la época universitaria lo distingue entre la comunidad bogotana de escritores y de más artistas. El maestro contaba de un sitio mítico, de un tiempo distante, donde solían reunirse los intelectuales de la época para disertar en la extensión tasada de un café, acerca de todo; acerca de los libros. El Café Automático de la capital, donde la ausencia de emisoras o música, era una ofrenda de respeto para cada voz y para cada silencio meditante. Allí llegó siendo un joven gregario que veía de cerca pero tan lejos a los maestros de entonces, entre quienes se encontraba León de Greiff, y allí llegó también, algunas tardes después, para reunirse ya en sus años maduros junto con los pensadores y cultores más destacados de nuestros días. Germán Espinosa, Juan Manuel Roca y tantos otros que le conocieron como interlocutor válido y par de discusión, de tertulia y de amistad sincera.

En síntesis, su formación tuvo grandes pilares académicos, pero en el crisol de su experiencia fue más contundente la lectura de su proceso autodidacta, la lectura de escuchar a otros pensadores, y sobre todo, la lectura de los días, en su calidad de observador de la cotidianidad humana.

QUEHACER DE UN CULTOR

Para el maestro César Pérez toda actividad laboral tuvo siempre que ver con su función como cultor, o su emprendimiento artístico. Paralelo a la labor de formación autodidacta y oficio de escritor activo, que hasta el último día siguió llevando acabo, realizó y lideró una serie de proyectos signados todos por el mismo asunto fundamental: difundir y enseñar el arte, ceñido a los principios clásicos y universalistas, que distinguieron siempre su participación entorno a la excelencia y permitieron que un enorme número de personas, jóvenes y adultos, cercanos alumnos y anónimos lectores, se beneficiaran en gran parte de su conocimiento y gestión cultural.

Su vida laboral comienza como analista literario para la Editorial Voluntad y colaborador del Magazín literario del periódico El Espectador; ya para este punto sus relaciones literarias en Bogotá le permiten fundar junto a otros intelectuales la Unión Nacional de Escritores, de cuyo grupo ocupara la vicepresidencia. Fue también asesor de las tres primeras Ferias Internacionales del Libro y participó en la coordinación de los encuentros internacionales de escritores que dicho evento promueve. Dirigió el programa Diálogos Culturales en la Radiodifusora Nacional de Colombia, y fue diligente asesor de varios proyectos intelectuales que se gestaron en Bogotá mientras allí vivió.

Una vez retorna a Ibagué, la importancia de su labor cultural y el prestigio fundado de su nombre, dejan huellas indelebles en la historia del desarrollo artístico de la ciudad. Transcurrido un año de su regreso, se vincula como docente de Historia del Arte para el Programa de Arquitectura en la Universidad de Ibagué. Es coordinador a partir de 1997 y durante tres años, de las páginas literarias del periódico El Nuevo Día. Nunca abandona la publicación de textos de excelente factura en diarios y revistas a nivel regional y nacional; así mismo se distingue como juez de varios concursos regionales de literatura, y conforme lo permitía su agenda como creador, viaja fuera del Tolima para participar en encuentros de escritores y dictar talleres y charlas a lo largo del país. Fue director en varias ocasiones del Taller de Narrativa y la tertulia de los miércoles en la Biblioteca Darío Echandía. Maestro de talleres entorno al minicuento y demás formas narrativas. Y por último, al momento de su fallecimiento, era director para el Tolima de la Red Nacional de Talleres Literarios, coordinada por el Ministerio de Cultura y la Universidad de Ibagué.

Queda demostrado de esta forma que para el maestro César Pérez Pinzón, el arte fue el espacio de su vida y fue su tiempo en el vivir. Esta laboriosidad, sumada al destacamento propio de su obra literaria, le valió merecer en 1989 el Premio Tolimense de Literatura, promovido por la Gobernación del Tolima. Y para el año 2003, su libro de cuentos “Hijos del Fuego”, resulta ganador del primer puesto en el Concurso Ciudad de Bogotá, auspiciado por el Instituto de Cultura y Turismo de la misma ciudad. Y no obstante, cuántos reconocimientos serían necesarios para agradecerle a un maestro, la labor humana de creer que la sensibilización de la sociedad por medio de la cultura es posible, y que el mundo aquel que trasfigura el arte, es un mundo mucho mejor y mayormente semejante al humanismo, que debiera ser la única razón de fe del hombre de todos los tiempos.

PALABRAS CREADAS

La muerte todo lo seduce, pero para el artista, su obra es permanencia y legado suficiente. El ejercicio literario del maestro César Pérez Pinzón, exhibe a través de todos sus libros, tres etapas fundamentales que envuelven la vida del autor en su búsqueda por la palabra imprescindible. En principio está la simplicidad y celeridad juvenil, después la madurez y hallazgo de la profundidad temática e intensidad semiótica, y por último, la libertad del lenguaje, que devela la verdadera exaltación ontológica del sentido literario.

En 1979, a la edad de 25 años, aparece su primer libro de cuentos, “Alucinaciones”, que el propio maestro afirmaba como un acto de apresuramiento e inocencia, conservando siempre la idea de poder corregirlo más adelante. Para 1986 publica su primera novela “Hacia el abismo”, y ese mismo año da a conocer su siguiente libro de cuentos “La calle del farol dormido”. También figuran dentro de su obra títulos como: “Dante Alighieri o el peregrino de los sueños”, y ensayos de profundo conocimiento histórico y literario como “El quijote periférico”. En el año de 1996 publica la novela “Cantata para el fin de los tiempos” y en el 2003 aparece el que será su último libro de cuentos “Hijos del fuego”. César deja inédita una novela, “La ronda de los perplejos”, la cual había terminado y corregido en su totalidad, aguardando poder publicarla prontamente.

Una característica prima distingue el quehacer literario del maestro Pérez Pinzón en sus últimos trabajos, la investigación. La investigación como materia rigurosa e indispensable en el conocimiento de sus atmósferas creadas y personajes convocados; la investigación no como fría base de conocimiento, sino como epifanía hacia la convivencia interior del artista y su obra. Fueron meses, el tiempo que convivió junto a los personajes de la Calle del Cartucho en Bogotá, que inspiraran sus historias de “La calle del farol dormido”; y fueron años, los que dedicara a la lectura y conceptualización de cada mundo evocado en “Hijos del fuego”.

Conocedor de las técnicas y tendencias literarias, el maestro siempre se inclinó por preferir la estructura de sus obras como un puente significativo, dictado por el devenir casi natural de las circunstancias y vicisitudes, más que como un elemento accesorio de ostentación, definiéndose de esta manera detractor del experimentalismo injustificado. Así, en coherencia con su pensamiento, el paralelismo de los planos literarios y las rupturas espacio-temporales siempre encuentran causa y suficiencia en el entorno de sus escritos, permitiéndole al lector una segura travesía lo mismo en el flujo narrativo, que en el transcurso irregular del tiempo ideado.

El erotismo como esquema lúdico de búsquedas íntimas de la identidad, la idealización femenina como utopía de último destino y serena complementación, la reflexión filosófica y el recurso poético como síntesis dialéctica de la esencia vivencial, la búsqueda del sueño o del gran deseo en el establecimiento de una razón válida de vida y la muerte como significante y perpetuación de los anhelos imposibles, son otras constantes de su obra.

Aunque en su devenir literario se afirme la transmutación de lo realista hacia entornos más ficcionales, lo cierto es que pese a que el mundo creado por el autor fuera menos convencional en sus últimos trabajos, siempre fue adepto a ceñirse a las reglas realistas de la cotidianidad que narraba, por más excéntrico que fuera el entorno. César definía la imaginación como una recreación de la realidad y una reiteración del mundo, dejando claro de esta forma que no existió para él mayor asombro, que el del hombre ante su verdad y ante sus propios actos.

SIGNOS Y SIGNIFICACIONES

La unidad estética de su tono narrativo distinguió en su trabajo un estilo completamente definido y detalladamente elaborado. Se habla de una marcada influencia borgesiana en cuanto a la forma literaria y el lenguaje se refiere; pero mucho más allá de eso, lo que se hace evidente en César Pérez es su identificación con la estética de la literatura inglesa en general, que fuera también influjo del mismo Borges. La solemnidad del lenguaje inglés, la fría meticulosidad de cada maquinación, e incluso la visión de honor y rectitud personal, es palpable en la obra de César; era palpable incluso en el ser de su propia vida.

Los marcos de erudición, superficialmente visibles en los diálogos y reflexiones de sus personajes, son consecuencia de su principal afición, que él consideraba una responsabilidad literaria; la lectura. Por todos es conocida su preferencia por los libros “Clásicos” de la literatura universal, aunque principalmente denoten influencia directa en su obra los clásicos griegos y autores como Dostoviesky, Conrad, Gómez Valderrama y por supuesto, Jorge Luis Borges; de quien incluso tomaba frases que llevaba a la práctica como emblemas de existencia eficaz.

Además de la serenidad y estabilidad emocional al transcurso de estos ocho años, César demuestra haber hallado gran libertad de método y lenguaje, así como cercanías hacia el lector no especializado, permitiéndole a sus textos un entendimiento general, con un fondo que nunca dejó de buscar el elemento universal en las particularidades más monótonas del individuo.

Respecto al gran orgullo y absoluta complacencia que su libro final de cuentos, “Hijos del fuego”, causaba en él, basta con citar sus propias palabras:

“Fue una gran aventura. Yo, que ahora soy un viajero en pantuflas, me hice contemporáneo de todos los tiempos, habitante de todos los lugares. Esto lo digo, porque a través de este libro hice inmersión en el universo privado de cada uno de los personajes tratados. En Pompeya, compartí la visión del unicornio con Plinio el Viejo; caminé las montañas de China con el poeta Li-Po, que dedicaba versos a la luna; navegué los mares del mundo en un barco de Joseph Conrad; presencié el asesinato de Christopher Marlowe en una infame taberna de Londres… en fin. El libro me ocupó varios años de investigación serena. Lo hice muy despacio, porque cada tema era una nueva felicidad, y todos queremos prolongar la felicidad. En cuanto al puro acto de escritura, fue relativamente fácil cuando ya había incorporado en mí cada uno de esos mundos, cuando ya eran vivenciales”.

TALLERES DE INVENCION

Ibagué trajo para César Pérez grandes cambios, volcó su mundo hacia la serenidad del día y los avatares de la docencia, igual como profesor universitario que como tallerista de renombre. Un inusitado contraste, ya que su principal tesis teórica era la práctica misma. “Las normas academicistas acartonan la literatura”, afirmaba con decisión.

De hecho su plan temático consistía en brindar los conocimientos mínimos para poder redactar un texto con coherencia, y de este punto en adelante era el alumno, por medio de su acto de escritura y la sabía crítica del maestro, quien debía aprender por sí mismo de sus errores y aciertos, encaminándose a la consecución de un estilo propio y una disciplina en el área de las lecturas, las cuales César consideraba, como la verdadera academia y la pasión vital de un serio aspirante a escritor.

Los autores evocados eran: Horacio Quiroga, Cortázar, Borges, Chejov, Poe, Hemingway y Rulfo entro muchos otros. Procurando tomar de ellos las características que permitieran al texto parecer, según su propia adjetivación: inevitable, fluido pero sin caer en la simpleza, carente de efecto accesorio, de diálogos justificados y llamativos, sin erudiciones innecesarias, y sobre todo, dueño de una atmósfera propia.

César pretendía que el alumno encontrase en Chejov la técnica narrativa, prestando especial atención al diálogo como elemento conducente de la obra y recordando siempre que la plática de la realidad no es tan siquiera similar al diálogo literario. Este punto, decía César, es punto de juicio suficiente para conocer las virtudes del escritor.

“Lo ideal es escribir acerca de lo que nos rodea, pero tomando distancia sobre los hechos, permitiendo que el tiempo avance lejano al fenómeno motivador. La creación de personajes requiere la invención de su biografía. Si no traen material para trabajar, desvirtúan el concepto del taller. Hay que leer y leerlo todo; sin prisa pero sin pausa”, estas eran algunas de sus afirmaciones recurrentes en el transcurso de sus clases. No era extraño verlo llegar a la felicidad ante la superación en el acto creador de algún alumno, lo mismo que conocer los matices de su enfado ante la reiteración de los errores y los falseados intentos artísticos.

Los talleres se habían convertido para él en una cita importante, donde de a poco veía el crecer del concepto estético y del paulatino hallazgo de una identidad coherente en los jóvenes aprendices. Aunque quizás más vital y activo, le pareciera el sagrado tiempo del descanso. Allí, desprovisto de su tono magistral, aunque revestido siempre de sabiduría, compartía junto a los alumnos un café de diálogo y motivación. Sólo César sabrá qué tanto podían estos instantes recordarle sus inicios como intelectual en el Café Automático, comentando de un libro pasado, exponiendo de un libro presente y enamorándose platónicamente de algún libro futuro. El poder de convocatoria que poseía su nombre, y la gran afabilidad hacia su alumnado, son características que harán sentir su ausencia en esta Ibagué, en pleno instante de desarrollo cultural y búsqueda de un colectivo estético de identidad original.

EL CIRCULO DE LOS AFECTOS

Ausencia de Borges y Días como agujas de Juan Manuel Roca eran los poemas preferidos de César, esto sumado a su dilección por el bolero y grandes obras literarias de atmósfera melancólica, harían pensar en él cierta inclinación a la tristeza, pero más que una fuente de identificación personal, lo que estas obras representaban para su sensibilidad, era una preferencia estética. El maestro no era triste, no era ausente y no vivía de melancolías, sencillamente creía que en el pesar y la nostalgia, el hombre se revelaba íntimamente a sí mismo, y era esto lo que plasmaba en sus obras; de esas aguas se rodeaba, pero no las absorbía.

Su juventud transcurrió entorno a su madre y su único hermano. En su madurez, vivida en Bogotá, estuvo casado alguna vez hace más de veinte años, y de aquella relación nació su única hija, Ariadna, con quien mantenía paulatina comunicación, pero César no hablaba mucho de ella, ni de casi ningún aspecto de su pasado. No es posible distinguir los parámetros o circunstancias de su vida emocional, económica o social, porque él nunca los expuso. Nunca los expuso para los demás, aunque los compartía con los suyos. En el mundo predilecto del autor, fueron pocas las almas amigas, y aún así, fueron infinitas. La amistad fraterna, el verdadero amor y la ternura, no eran temas ajenos al artista. Sin embargo, en algún momento de su vida, caminó el trayecto y no volvió la vista atrás; cerró las puertas, mejoró el humor, redujo la prisa, escribió lento, evadió la controversia, simplificó su vida y en su sola intimidad pudo amar, y amar muy profundamente, pero sólo a aquello que pudiera brindarle el gentil detalle de la absoluta correspondencia.

En el interior de su apartamento, César dedicaba tiempo no sólo a la literatura, sino tamibén a otros asuntos vitales, como alimentar a Chaplin, su mascota; un gato blanco, suicida y borrachín. Chaplin sabía sacarlo de su concentración matutina; con él jugaba a la pelota o a las escondidas, aunque siempre perdiera. También lo reprendía cuando era necesario, teniendo en cuenta que esto último lo hacía con gran delicadeza, pues la reacción del gato ante la voz del maestro en tono de severidad, era dirigirse hacia el borde del balcón de aquel quinto piso. Una pataleta a la cual no habría que prestarle mayor atención, de no ser porque Chaplin cumplió al menos dos veces su amenaza de lanzarse al vacío. En definitiva fue una silenciosa compañía para el maestro, incluso en los días de resaca, cuando después de alguna reunión bohemia realizada en el departamento, el gato aprovechaba el sueño de los contertulios, y bebía hasta la ebriedad los cunchos de licor de cada copa, para tumbarse luego junto a César y padecer de este modo con él, el guayabo del festín, turnándose la piedad de una caricia o de un maullido.

César, más que solitario, era una persona escéptica de las decrepitudes sociales. En este sentido no tuvo término intermedio, o alguien era absolutamente amigo-hermano suyo o sencillamente era una persona a la que distinguía. Olvidaba nombres que de sobra conocía, lo mismo que recordaba escenas propias del olvido, según deseara validar o no a las personas y sus actos. El maestro había reducido el imperio de su entrega, solamente a aquellos seres que consideraba esenciales. Y quizás guiado por aquel instinto capaz de discernir lo fundamental entre todo lo omisible, aceleró su auto hace ocho años en persecución del coche de Teresita Santofimio, con el solo propósito de lanzarle un piropo e invitarla un café. Un café tasado en la extensión de todo este tiempo, tras el juego itinerante de la palabra como seducción. Porque nunca se cansó de seducirla y tal vez jamás dejó de enamorarse. De este modo vinieron a citarse sus vidas, tras un largo fluir de coincidencias. Mucho antes, sin llegar a conocerse, habían visitado Europa por el mismo tiempo, y existen fotografías paralelas de haberse conmovido ante idénticos paisajes; la desilusión amorosa a ambos los marcaba, eran mutuos algunos de sus más cercanos conocidos y por la misma fecha en que César escoge su residencia en el centro de Ibagué, Teresita elige su apartamento, tan cerca uno del otro, que podían verse por sobre la altura de los edificios y del parque Centenario.

La siesta del mediodía, el café de la tarde, la reunión de alguna noche, el tiempo detenido del apartamento y el panorama transeúnte en la pizzería de la Plaza de Bolívar, fueron las circunstancias de esta “larga conversación”, que es lo que en síntesis significa una relación de pareja. De aquel triunfo que le valiera al maestro un premio nacional y le causara tanto orgullo y satisfacción, Teresita fue esencial en gran medida. El no se cansaba de reconocer que había sido ella quien lidiara con todas las exigencias del concurso, hasta realizar el envío de la obra. Del mismo modo y con igual diligencia, ella introdujo en su mundo todo un esquema destinado a facilitar la vida del creador. César podía levantarse a leer o a escribir, sin tener que ocuparse de otro asunto; Teresita se encargaba igual de una ausencia en la alacena, que de conseguir los libros más recónditos y hacerlos llegar desde cualquier biblioteca, hasta las manos de su amado lector.

Los artistas, los buenos, los memorables, comparten todos una misma característica, lo deleznable de su corazón y la frialdad de su pensamiento. No difiere esto en gran medida del proceso creador, cuando en la obra procura desbordarse toda la pasión humana, pero sin violar los límites de forma predispuestos. En fin, de la suma de las pertenencias ciertas del maestro, cuatro eran de verdad envidiables: los más de cinco mil volúmenes de su biblioteca, la extensión de su conocimiento, el talento de su genio creador y el leal apoyo de su compañera.

IBAGUE, CESAR, SU OBRA, Y LA DIGNIDAD

Tras el deceso de su padre, César se enfrenta a la circunstancia de tener que abandonar Bogotá, y en el antojo de su libertad y tal vez de sus recuerdos más gratos, elige a Ibagué como signo de retorno, de tranquilidad y de inspiración. Ibagué era la visión y el clima perfecto, pero también era una medida diferente del tiempo y otra dimensión de vida. De una u otra forma, la manera como una persona se integra en un paisaje, hace referencia a sus vínculos primigenios y sus características comunes, y al ver el modo profundo y decidido en el que César se vincula a la ciudad y deja huella en su devenir, queda claro que para él Ibagué representaba un espacio de actividad, en el cual se sentía cómodo y vivaz.

En una región donde la oralidad mantiene todavía formas primitivas de la intensión artística, el maestro supo comunicarse, sin caer en la trampa de la egolatría. Las anécdotas que refería contaban de antiguos griegos, o de pasajes literarios capaces de sintetizar en sí mismos la misión cultórica de la literatura. Quince minutos de charla con César, podían dejar una tarea bibliográfica de un año entero para quien lo escuchara. Y no por el simple hecho de emular su conocimiento, sino por causa de verse motivado a aquella energía de felicidad e incluso de poder, que exponía frase a frase mientras contaba, casi como reescribiéndolas, las historias del mundo; no del que fue, sino del que inventaron las letras.

El todo de su obra, procura ser catarsis desde la reflexión; un detenimiento intelectual que inspira la vida de la acción. La revaloración de la inmediatez como riqueza inexplorada era su propuesta más constante, junto con la exaltación del elemento literario en sí mismo. De esta forma era literatura de la literatura, y era por ende, intertextual, palimpséstica y metaficcional. Términos que el maestro jamás usaba, o no sin antes disculparse ante el auditorio por acceder a definiciones academicistas, en un oficio que él sentía exclusivamente sanguíneo y carnal, con el tremendo suceso de la creación y sus vicisitudes de carnicería interior, para llegar a lo más excelso de la belleza; la sombra de la realidad.

Su significado como artista es diverso. La observación inmediata nos habla del rigor de la lectura, de la grande responsabilidad del acto creador, y de la severidad de la autocorrección y la exigencia personal. Pero más allá de estos ámbitos tan trajinados en el oficio del escritor, César encarnaba como persona dedicada al arte, un aspecto de profundo significado social. Inmensamente lejano al infundado estereotipo del artista, que subyace en lo tabernario y lo misérrimo, su voz no era la ebriedad del vino, su palabra no buscaba la aceptación del salón ocasional y sus modos nada tenían que ver con lo contestatario o lo anárquico. Junto a otros pocos autores residentes en la ciudad, César exaltaba la universalidad de su pensamiento, no sólo en su escritura, sino en su forma de vida, representando con sobriedad, la coherente altura del intelectual; la dignidad posible del escritor moderno.

DESPEDIDA AL CAPITAN

La muerte es una forma de belleza incomprendida, su función más profunda no tiene que ver con quien nos deja, sino con quienes restamos. Es un punto de impresión para valorar las riquezas cotidianas y apurarle el paso a los sueños en consecución. No por exclusivo antojo, la muerte es la escena predilecta del artista en procuras del final absoluto; lo era para César. Que no podamos entender la necedad, la premura de este viaje, no significa que carezca de sentido.

En la mañana del 29 de noviembre de 2006 un infarto cesó la vida del maestro, y cimbró las nuestras. Algunos se enteraron casi de inmediato, otros tuvieron que aguardar su ausencia en la tertulia y los talleres. La tarde postergó cualquier asunto, y tanto sus alumnos, como el mundo de la universidad y la comunidad artística, se dieron cita en la funeraria. Todavía la noche parecía un imposible. La realidad supera la ficción por causa poderosa de un solo hecho; es cierta. Un libro se cierra cuando agrede, cuando aburre, cuando puede más el cansancio o cuando el lector desea cerrarlo, así sencillamente. Pero la vida prosigue aunque termine la vida. El mundo pierde 21 gramos de su peso absoluto con cada deceso —inexpugnable—, por ello es tan importante significar las cosas y creer como en la literatura, que la memoria prepara al hombre para el olvido.

Fue una breve despedida la del maestro, pues a las 11 de la noche trasladaron el cuerpo rumbo a Bogotá. No tuvo acceso a la Cámara Ardiente destinada a las personalidades regionales, ni a una tumba visitada paulatinamente por sus alumnos. Para nosotros, César nació así, de pronto y con barba blanca, y desapareció así, igualmente furtivo. En verdad es probable que tanta sea la propiedad que poseemos sobre nuestra propia vida, como tanta sea la propiedad que tienen los dolientes sobre el cuerpo yerto; es sólo que en este caso los dolientes eran tantos, que desoír el deseo colectivo, fue casi como no entender la decisión de permanencia en Ibagué que el maestro mismo había mantenido todos estos años.

De lo que fue su vida, dedicada por convicción al arte y la cultura, y de lo que fue su forma de vivir, como un acto irrefutable de libre albedrío, queda la obra de un escritor tolimense que trasgredía la región y hablaba del mundo y de los tiempos. César leyó y escribió lo que quiso, vivió bajo las normas que él mismo dispuso y se mantuvo cercano o distante de los demás, tanto como fuera la intensión de su deseo. De este modo es posible evocar las frases finales del poeta inglés William Ernest Henley, cuando en su obra Invictus, recuerda que vivir significa dignificar, y que la libertad del espíritu es irreductible. Así termina Invictus: “Soy el amo de mi destino / Soy el capitán de mi alma”

César Augusto Pérez Pinzón

(1954 – 2006)


xxvI/II/vII

Anuncios
comentarios
  1. CARLOS A. GAMBOA dice:

    Muy laboriosos este texto de Jacobo, d eun hombre cuya dimensión no pudo opacar el mundillo literario tolimense acostumbrado a la fanfarria y el melodrama de cafetín, a las copas que corrompen la ética y al mínimo esfuerzo. El maestro Pinzón supo marcar un derrotero diferente y desde su silencio meditado muchos que no asistimos a sus talleres vimo sin embargo una forma diferente de asumirse escritor.

    El escritor expira, pero su obra queda y crecerá porque se gasto el tiempo suficiente para ser creada y para perdurar.

    Un saludo

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s