LECTORES DE POESÍA

Publicado: enero 2, 2008 en General

 

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Por Julio César Correa

Escribir, en términos generales, es un acto profundamente solitario; escribir poesía no solo es lo anterior, sino que es además uno de los actos más inútiles que conozca la humanidad. La gratuidad que precede y continúa el acto poético es quizás, de manera paradójica, lo que la hace grande, irreductible, in-comprable, única y hasta peligrosa. Nada más subversivo que la poesía, pues su lenguaje se propone desautomatizar lo que es producto del abuso y el comercio lingüístico, las palabras gastadas, la palabra que tiene por fin único comunicar en contextos donde se aprecia siempre al otro por lo que pueda aportar, por lo útil que sea en la relación de “amistad”, devenida casi siempre comercio y negocio.

La palabra poética es violencia contra la palabra establecida –pero se trata de aquella violencia que señala el Evangelio cuando dice que sólo los violentos arrebatarán el reino. Walter Benjamin habla de los martillazos necesarios al escritor que debe forjarse un nuevo lenguaje golpeando a contrapelo la costra que ciega a la palabra desgastada por el uso, la máscara que ahoga a la palabra convencional, la rigidez que asfixia a la palabra burocrática.[1]

Pero, la poesía es mucho mas peligrosa porque hace que quien la escriba y de paso quien la lea estén en la capacidad de ver el mundo con otros ojos. El que escribe poesía se niega a ver el mundo tal cual es, a aceptar la realidad que nos presentan los sentidos de manera inmediata y, lo que es peor, la que nos entregan empaquetada los medios de comunicación, la realidad como paquetes únicos de uniformidad y conformismo, debidamente simplificada, altamente jerarquizada y estúpidamente llana y aséptica.

Dos hechos, entonces, hacen que la poesía sea ese juego a la vez inocente y peligroso: uno, la urgente necesidad de reinventar el lenguaje y, dos, la posibilidad de presentar el mundo de una manera distinta ante unos ojos siempre recelosos de todo lo preestablecido. Es así como la poesía podría acercarse incluso a posiciones filosóficas como las planteadas por Francisco Varela en su idea del conocimiento como enacción y de paso, de toda la filosofía que se niega a pensar las cosas, el mundo y los hombres desde lo pre-establecido, desde el mundo dado de antemano. Mucho más cercana de los seguidores de la visión cuántica de la realidad y de los mundos orientales, la poesía surge como una “enfermedad” que nos “despierta” (Juarroz) y vuelve videntes a los hombres. ¿Cómo aceptar pasivamente, por ejemplo, lo espurio de la vida, el trabajo como ideología, el dinero como culto ante el cual el pensamiento se burocratiza y se esclerotiza; el tiempo como potencia que somete, aliena y esclaviza; la realidad como dimensión que se fosiliza y se convierte en única y por lo mismo en una suerte de imperativo? ¿Cómo no ver, es decir, cómo no estar en la capacidad de intuir las múltiples formas de lo real y de la vida, el universo que se abre en otros mundos que a su vez se repliegan y se ocultan para luego reaparecer amplios, ajenos, extensos, en crecimiento constante hacia la vida, apenas atajados por los límites de la razón?

Dirá Sábato en uno de sus ensayos que no es la poesía o la literatura la que se ha alejado de la gente, del pueblo; sino al contrario, es la gente la que se ha alejado de la poesía. Y no es difícil convenir con el autor de El Túnel que esa idea de pueblo no es la misma de hace algunos años, pero, más aún, que el pueblo de hace algunos años tampoco era la legión de humanistas que seguramente quisiéramos imaginar. La distancia entonces que pueda haber entre la poesía y los posibles lectores se da porque el lenguaje propio de ésta no es para tranquilizar y satisfacer muchedumbres. Cada vez más hermética, auto-referencial y hasta opaca la poesía se niega a hacer concesiones para ser comprendida y aceptada y, por el contrario, busca que quien se acerque a sus linderos lo haga con el equipaje propio de un buen lector.

De paso, el lector de poesía resulta ser tan escaso como extraño; es una especie de bicho raro en vías de extinción, una especie que ya no hace parte de la apreciada fauna de los lectores dotados de una alta sensibilidad, de una fina y aguda percepción, esa misma que le permite barruntar el buen poema, la imagen exacta (perdón por el adjetivo), el sonido correspondiente, el silencio que cala justo a la hora en que las palabras se reacomodan para hacer sonar su misteriosa música. Los lectores de poesía se fueron retirando de las salas, de los ceremoniales y los cocteles porque se dedicaron a escribirla. O porque le creyeron demasiado a Hölderlin y repitiendo el verso aquel de “para qué poetas en tiempos de miseria”, optaron por refugiarse en la nadería de lo cotidiano o, simplemente, porque sus oídos ensordecieron al estar demasiado cerca de los cañones que a diario dispara la basura mediática. Ya sordos, prefieren el estertor y la estridencia de sus egos aliñados, la pacotilla que se vende en las vitrinas bajo el pretexto de la miseria emocional o, simplemente, se dedicaron a morir dignamente convertidos en hombres industriosos, caseros, buenos padres y mejores ciudadanos.

Leer poesía es estar en la capacidad de renunciar, aunque sea por un momento, a la realidad y al tiempo que nos vendieron desde las márgenes de los cuadernos, a la educación que nos enseña a ponderar lo útil, lo necesario y lo valioso por encima del ocio, lo inútil o lo subversivo. El lector de poesía sabe ponderar la urgencia de lo numérico sin excluir la posibilidad de crear esos mundos propios, internos, donde reina la imaginación y los ecos sonoros de la palabra que surge provocando sensaciones como universos. El lector de poesía es ese animal raro que se detiene en la esquina y se sorprende con la nube que se insinúa y se entrega como una dama.

Roberto Juarroz en uno de sus lúcidos ensayos afirma, a propósito del tema, lo siguiente:

La tercera ruptura, la más difícil, es la que provoca aquel miedo que mencionaba Albert Beguin. Cuando le preguntaron por qué la gente no lee mucha poesía, él contestó simplemente: porque le tienen miedo, porque la poesía debe abrir las cosas, debe ponerlas al desnudo, debe ponerlas a la intemperie ¿y quién resiste esos climas de alta tensión y de alta presión?, ¿quién resiste que la muerte sea tan natural como la vida?, ¿quién resiste que el amor puede ser ascenso o caída?, ¿quién resiste que nuestra vida esté llena de todas las cosas que pueblan nuestros mundos, los árboles, los ríos, los cielos, la lluvia, pero no como decorado sino como algo que forma parte de nosotros?. Entonces, todo esto asusta, es lo que constituye esta tercera ruptura que es transformar nuestro propio modo de vida, transformar y convertir la vida en algo más activo, más potente, más intenso y por utilizar la palabra de hace un momento, más despierto. [2]

Hay que decir, finalmente, que en Colombia no se lee ni buena ni mala poesía. La que se publica hace parte de un circuito que le rinde culto a Onam: se escribe poesía para ser leída por los mismos poetas quienes a la larga terminan siendo sus mismos críticos. No se lee poesía porque no hay editores de poesía y no hay editores de poesía porque no hay quien compre poesía, y no hay quien compre poesía porque no hay quien la lea, etc. Tener lectores no es garantía de calidad, porque de ser así entonces habría que decir que Benedetti es un buen poeta y Antonio Porchia o Martín Adán malos bardos ¿Es un buen poeta Mario Benedetti? Sin embargo y de acuerdo con ciertas estadísticas es el más leído, incluso por los jóvenes.

Así como la poesía es un oficio semiclandestino, solitario y hasta peligroso, así mismo son los lectores de poesía: clandestinos, escasos y hasta exquisitos.

 

Julio César Correa

Manizales 11 de Diciembre de 2007


[1] Bordelois, Ivonne. La palabra amenazada. Libros del Zorzal. Argentina, 2002, pgs:32-33

[2] Juarroz, R. Aproximación a la poesía moderna. Conferencia dictada el 8 de marzo de 1994 en la Biblioteca Nacional de Bs. As. Editada en “El jabalí”, Revista Ilustrada de Poesía No 3.

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