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Álvaro Marín, who has won several prizes for his poetry, studied zootechnics and now works in Communications and as a media and culture researcher. As an essayist, he writes about literature and the Colombian political scene. He has published two books of poetry and two of essays, and often writes for the national newspapers.
Álvaro Marín has been influenced by César Vallejo, Miguel Hernández, José Lezama Lima and Luis Cardoza y Aragón. His poetry is a sum of strange images and supernatural voices, haunted by the figures of a harsh reality.

Marín’s poetry is, as Lezama said, “the sacred challenge of absolute reality”. It is complex and difficult, touching and fascinating us, and opening up a dialogue within a ritualistic ceremony. It invites us to join in a solemn procedure full of tension, where banishment and prison are part of the narrative.

The poet describes his writing as “my ancient voice broken by powder”. It projects his “unfathomable silence”, a spiritual adventure that uses only the precise sign, the voice exploring hidden possibilities in the visual and dramatic elements of reality. He looks for the root, the invisible other half of facts and expresses it through powerful suggestion. His poems also demonstrate an affective crescendo, a widening of meaning, thanks to the emotive and metaphorical force of his language.

Emotion, perception, language, landscape, mystery and enigma are all affected by meanings derived from history and its development, which at the same time provide a space for utopia and renewal:

Under a red sun the march goes on,
we are a vehement people,
rough like the peoples
descended from Abraham.

Besides being a journey through language, his poetry contains an intense interior life; its phrases are clear, vivid, meaningful and complete in themselves. The writing comes from a movement that casts history under a new light through mythological visions and poetic illuminations, because history, past and present, takes place in the imagination through the leading effect of memory. Each word retains a memory and language is charged with phantoms: “Our house is a history of devastating winds and bloody summers.”

“Man will come after the wild beast”, he predicts. Or he asks a disturbing question: “Why would we be forced to slide down these slopes of death?” Intelligence and imagination are united in his poetry; the remembrances or historical reconstructions it gathers expand, merging present and past into a rebellious totality, through a complex perception that breaks with our usual vision of the world.

Marín’s poetry demonstrates an alternative understanding of the human drama, an alternative to the origin of our condition as wandering, disinherited men and women, because “it is not the light of summer nor the aura of the rising sun, it is the candle of the forgotten ones lightning the street.” Or as he wisely says about his poetry: “It is a word born deep in the blood… [because] I etch the names of the fallen men.”

Gabriel Arturo Castro (Translated by Nicolás Suescún)

© Image: Gearóid ó Loingsigh

Bibliography

Jinete de sombras, Casa de Poesía Fernando Mejía, Manizales, Colombia, 1992, ISBN 958-95461-2-9
La biodiversidad es la cabalgadura de la muerte (journalism), Traviesa Ediciones, Bogotá, 1996.
La brújula no quiere marcar más el norte (essay), Editorial Magisterio, Bogotá, 1997, 958-20-0340-5
Noche líquida, Muestra de Poesía Colombiana, Lyrica Species, Manizales, Colombia, 2000

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(Texto derivado de la lectura de la antología Las Esquinas del Viento de Héctor Rojas Herazo, preparada por Juan Manuel Roca y Felipe Agudelo Tenorio, editada por la Universidad EAFIT).

“¿Cuál es la magia de este hacedor?”,se pregunta Juan Manuel Roca: “El hacernos sentir, asomado como está al mundo desde el hueco de una tapia del patio de su infancia toludeña, los pálpitos y las epifanías de ese pedazo de barro sublevado que es el hombre”.

Con toda razón y verdad interior, la poesía en Héctor Rojas Herazo es una manifestación espiritual que se revela en el lenguaje, a la manera de un momento delicado y fugaz. El espíritu descubre la cualidad de la luminosidad, lo olvidado se ilumina. Contra el poder del tiempo una santificación del instante que nos torna infinitos, imperecederos.

El tiempo interior y vivencial es el lugar utópico donde los distintos tiempos se concilian con el conjuro de la palabra escrita. Un tiempo inacabado, inconcluyente, que hace valer a esta poesía el ejercicio y la sentencia de retornar sobre los pasos y encontrar un mundo propio, intocado, inédito.

En el poema el tiempo da una sensación de movimiento circular o de espiral. Cuando el origen se recupera, el movimiento prosigue en una esfera superior. Lea,os aRojas Herazo:

Todos esperábamos al huésped en el umbral de nuestras moradas.

Todos habíamos traído lo que nos pertenecía verdaderamente.

Bajo las lámparas dulcemente reconocimos nuestros rostros,

en la alegría y el ungimiento.

El movimiento es de una perspectiva ontológica-existencial, pues las imágenes parten de lo personal pero lo superan. Moviendo que en Rojas Herazo adopta la facilidad del viaje evocativo e imaginario, ganancia de mundos posibles.

Para la poética del tiempo, el instante ha sido la categoría principal. Gracias a él, según Bachelard, “hallamos en nosotros una infancia inmóvil, una infancia sin devenir, liberada del engranaje del calendario”, o en un poema de Rojas Herazo:

Te hago el relato de estas cosas ahora,

cuando todos han muerto.

Cuando ya solamente la memoria

es río, cosecha, solitaria espuma de patios,

trinos que se deshacen en el calor

mientras dulces mujeres

parlan bajo las horas, en la tarde,

frente a tiestos de orégano.

De modo que basta decirlo para que el tiempo reanude su marcha. Ahora cualquier cosa es la señal: volver la mirada, reconocer los rostros bajo la lámpara, soltar los cocuyos en medio de la sal, dibujar un nombre en la piedra, preguntar por Dios, nombrar otra vez el vaso y la ventana.

El pasado tiene la extraña capacidad de retornar, gracias a lo cual el presente resulta atrayente por su misma extrañeza o ambigüedad, “especie de réquiem por la materia, aunque casi siempre la ronde la ironía de que los objetos sobrevivan a sus dueños y a sus voces, que fueron la traducción de esas cosas”, según lo expresa Juan Manuel Roca.

El tiempo y la eternidad, todo lo que dura se justifica por sí mismo:

O como todo aquello que, fastuosamente unido, consumándose,

reaparece y estalla en el suplicio de un instante.

La mirada retrospectiva es una cuestión de tiempo, ordenación y discriminación de la materia poética. La distancia en el tiempo reafirma la memoria. El hecho de actualizar el pasado en el presente ofrece el horizonte de otra realidad atravesada por la imaginación y el ensueño:

Pero somos nosotros, opuestos, ocupados,

en un duro recuerdo, en una terquedad lujuriosa,

en un tiempo nutrido de vapor, de gajos exprimidos,

que madura, que canta,

que oxida nuestros bordes al derramar su lava.

Encontramos en Rojas Herazo la recuperación del pasado desde la imaginación y la ensoñación, sobre todo alrededor de lo espacial. Extraña fuerza poética, cargada de dolor, basada en la profunda comprensión de las grandes y pequeñas tragedias de la vida. Inyecta la más pura y doliente poesía dentro de la ruina, encima de un mundo aunque caído es mágico.

Afirma Juan Manuel Roca, al respecto, que la ruina es una obsesión que recorre toda la obra del poeta: “Y no es que Rojas ponga la huella antes de dar el paso, como ocurre con las viejas vanguardias y sus dudosos manifiestos. Se trata de algo que conoce desde siempre: la casa, lo que todos en la familia llamaban pomposamente la casa, no era nada distinto a un montón de fieles y voluntariosos escombros, escribió alguna vez”.

El poeta interpreta el afecto del ser estremecido ante la ruina temporal y responde por él por la metáfora, la figura del tiempo anterior, el del origen, el de la matríz donde siempre se regresa:

Atravesando gestos, piel,

vagos asuntos,

dejando atrás mi sombra,

lo que soy en presente,

penetro en mí, me siento,

me palpo en lo profundo,

hurgo en orígenes,

piso en húmedos soles,

oigo mi cal blanqueando mi memoria.

Imágenes sugerentes dispuestas con reciprocidad analógica del universo, todo lo relacionado dentro de la casa se vincula mágicamente con el universo del cosmos. Rojas Herazo alude a la memoria universal, asociada a los sueños y a aquella infancia, como un estado de conciencia visionaria: sensibilidad, afecto, magia, exploración.

“Encontraremos al mundo cuando nos comprendamos a nosotros mismos”, decía Novalis. Geografía sagrada, rito y ceremonia del poema, aliento de la palabra, el verbo, la respiración y la sangre.

Es la función mediadora y gratificante de la escritura para conocernos y aceptarnos, la literatura como destino de lo humano, búsqueda, composición, reconstrucción de unos orígenes y raíces. La memoria deja de ser una parcela reductora para enriquecerse con visiones y miradas que generan una disolución ontológica, “el sonido de un hombre, el retrato, el reflejo del aire sobre el pozo y el día con su firme venablo sobre el patio”.

Preguntaba Nietzsche: “¿No sentimos acaso el aliento del espacio vacío?”

La memoria no se debilita ni se evapora, tampoco se desvanece. Queda en ella la afirmación llena de una presencia, como lo dice Rojas Herazo: “O sigues, por un filo de luna, el olor que te conduce a los viejos baúles”.

Es la memoria que se impone y llena nuestra visión de todo lo que se puede transformarse. Es vida a los ojos muy lejos de la catástrofe, pues el espacio de la experiencia sobrevive, se torna visible otra vez, resucita la casa, las campanas, las lámparas, el camino, el agua entre las piedras, los árboles sombreando un corazón, el valle de Caín, el mar de las noches oscuras y el viento en las tumbas.

La voz es la urdimbre, la trama viviente que unifica el espacio de los acontecimientos en la evocación, confección de tiempos vivos que dialogan. La memoria se hace visible por medio de la invocación de las voces, de la búsqueda que conjuga la experiencia y la realidad. La frase convoca a la realidad y la realidad es una prolongación de la frase, del mundo verbal que da cuenta del sentido espiritual del texto:

Todo este vasto, inmerso, sonido de nosotros.

Estos lagos de luz que, de súbito, apagan sus vidrios

y se funden en un lodo de memorias y días

para luego (un verano también nos aniquila

cosechar los terrores de unas horas concisas.

Cuando despiertos, enteros, ampliamos nuestro límite.

Así pone en presencia y aún en concordancia la voz y la escritura. Hay en Rojas Herazo “una elección de la escritura, una voluntad del libro plural”, donde escribir “es entregarse a lo incesante”. El poema es entonces el cuerpo de una forma plasmada, presenciada y mantenida por la vivencia, la aventura que se vale de la palabra. La palabra ocupa al mundo, descubre la realidad en el revés de la forma, brinda ecos, reflejos, metamorfosis, síntesis de lo más actual y de lo que de forma mítica se oculta.

De esta palabra parte un eco de sustancia misteriosa, ya que asistimos a la fe de juna poética, al alcance místico de las palabras y de las imágenes.

La experiencia se revela. Pero aún así el secreto no se rompe del todo, ya que Rojas Herazo concibe al poema de una manera interior, una visión casi de fino tacto, enseñando pero ocultando un objeto de índole espiritual, cuyos bordes “no son determinables con absoluta nitidez”, para ceñirnos a las palabras de Bousoño, ese camino “real de lo imposible fascinante”, del cual nos hablara René Char.

Palabras que ayudan a construir el gesto litúrgico del poema, de su vacío ya poblado y de su silencio de hombre interior, “escriba de sí mismo”, de “ese ser expósito y hondamente humano, que duda de sí mismo y es un manojo de temores, que es un obseso coleccionista de agujeros habitado por presencias tiránicas, lleno de patios arruinados, de cachivaches podridos, de mugido de mar, de luces perdidas, de papeles de alcaldía cuya tinta convierte la lluvia en lágrimas moradas”, volviendo al decir de Juan Manuel Roca.

Porque somos habitantes de la memoria, del corazón, de la interioridad. La historia personal y social (la poética del otro) se vuelve íntima, la fatiga del hombre es la del poeta y la del prójimo, igual su afán de subsistencia, su agotamiento y la condición humana e irreducible del verdadero del verdadero creador.

Rojas Herazo propone una interrogación sostenida e intensa, una religión que pregunta por lo ignorado, la razón de la crítica desnudez del hombre, una suerte de mapa que impone sus propios caminos, temores y pasiones.

Ahora la luz de la lectura debe irrumpir en la obra y el lector será un confidente: “Ves ese niño que contempla tu rostro en el espejo y vibra y te envejece mientras arde?”.

Una poesía que deja traslucir la complejidad de la condición humana: la esperanza y la consolación, la ruina y el castigo, lo perenne y lo eterno:

Tu presencia es, siempre, siempre,

una estación imprevista.

Somos inferiores a la energía de tu secreto.

Somos intrusos de un orden que aniquilamos con nuestra llegada.

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DEL LIBRO ABREVIATURA DEL ÁRBOL


EXHORTACIÓN DE LA PRINGAMOSA


A ustedes hablo caballeros que aún intentan

probar el acento, la picazón o el tormento de

mis hojas.

Les digo que no son más que debates azules

de la piel, el ardor de la endeble apariencia.

Me dirijo a ustedes que me reputan fuera

de sitio entre los ponderados de la luz.

Les ruego escriban sobre mi reino oscuro.



HOJAS DE VENCIMIENTO


El iletrado limpia la memoria de la luz,

abre su funda para contar las fugas de la sombra,

el espectro que en las exactitudes del aire

apetece la ausente claridad y mancha con números

todos los seres increados.

El árbol es un guerrero que olvida las ondulaciones

del arco para caer en el sueño de la estalactita.

Gentil desde sus círculos, estira los actos de sus

ramas y su sangre asciende por la figura de quien

lee imágenes transportadas a lomo de hormigas.



EL ÁRBOL SUMERGIDO


Un árbol entra en otro

y tiene que aprenderlo todo;

llevado a otra dimensión ingresa en la hilera

de las luces.

El no ser le aturde y lo acerca a las durezas.

Nadie nombra aquí el silencio. Todo empieza

desde las voces de adentro, donde se pierden

las materias y las hojas del neón se agrupan

impávidas como una jungla rígida de motores,

fluidos y paraderos. Aquí se aprende la

alfabetización del hierro. Aún en la fisura de la

palabra el hormigón tiene ideas. Volúmenes de

ignorancia devienen de los carteles.

Preso entre la omisión de los octaedros,

el árbol grita sumergido entre otro que no es nadie.



GUADUA


Alzada por encima de sus apoyaturas,

de su pelusa ondulante,

de su segunda savia,

la guadua con su belleza y su distancia,

urde las hileras del dolor.

Sobre sus fondos teje una mujer sus colores,

la multiplicidad,

los mil vientos revestidos,

las sustancias traídas por el viento

para rechazar la fijeza de lo vivo.



PALMAS


A ustedes que aman las palmas,

les confío una desmemoria de hojas,

el follaje de la otra vida,

la luz que mece la fortuna,

el don del ave, su estremecimiento,

la hoja perenne y la caduca también,

la evocación del sol, el temblor del

viento, la huída de las fiebres,

el descubrimiento del agua.

A ustedes que plantan cráneos amarillos,

que repiten la semilla sin consuelo:

la de la muerte en una tierra sin medidas,

la de la herida después del rezo,

les dejo lo que se prepara bajo la palabra.

POMARROSA


Debajo suyo tiembla el habla de las corrientes,

los primitivos pliegues de la manzana de

llaga verdosa, hundida, la nuez agria de Adán.

Esclarecida la liturgia de las hojas, de los

pétalos abiertos o cerrados, confiere el firme

ascenso que se transforma en anillos.

Mientras silba entre las hileras de maduración,

imagina que es sagrado cambiar de sol todas

las mañanas.


El Premio Nacional de poesìa “Porfirio Barba Jacob”, convocado por la Casa de Poesìa del mismo nombre, en la ciudad de Medellìn, fue ganado por el poeta Julio César Arciniégas, nacido en Rovira, Tolima, en 1953. Arciniegas es autor “Del color del miedo” (Tiempo de palabra) y “Nùmeros hay sobre los templos” (Sociedad de la imaginaciòn) y otros libros que se encuentran inèditos. Julio Cèsar Arciniegas es un escritor autodidacta, excelente lector y autor de disciplina y compromiso.

El poemario premiado se titula “Abreviatura del àrbol” .


ACTO ANÓNIMO

Publicado: mayo 2, 2007 en Gabriel Arturo Castro


Por Gabriel Arturo Castro


(Texto a partir de la lectura De huesos y ceniza, poemario del fallecido escritor Octavio García)

Resucitar es permitir que el espíritu entre a los huesos, poblarlos de carne, nervios, piel, aliento, pero sobre todo de ese ánimo del ser que portó el soplo de vida, del creador, en este caso, el escritor de una obra. Volver a vivir, levantar las sombras, resurgir, despertar mediante la expresión.

El griego empleaba la palabra anastasis, del verbo anitemi que significa: hacer elevar (y por consiguiente, construir, erigir, exaltar), poner en pie, restablecer. Es la traducción del vocablo hebreo qum que significa levantarse; forma hifil: hequim, eregir, suscitar.

La creación se asimila y se incorpora a la resurrección y sólo es posible si existe un verbo formador-hacedor, encarnado.

Ello implica un segundo nacimiento, una segunda creación, la aparición de una nueva criatura luego de un trabajo fecundo que sobrevive al tiempo.

Los huesos o las cenizas son vestigios que sirven de punto de partida para una poética; la ceniza como el residuo petrificado de la extinción del fuego, instancia de la expiación y la renunciación. Y los huesos a la manera de imperecederas “semillas del cuerpo de resurrección” o reanimación mágica del espíritu de la palabra, imagen de la fe.

El trabajo y la muerte sólo constituyen un sacrificio para asegurar la fecundidad de la creación, el rito necesario, como lo afirma Roland Barthes:

Así nace el drama de la escritura, puesto que el escritor consciente debe batirse ahora contra los signos ancestrales y todopoderosos que, desde el fondo de un pasado extraño, le imponen la literatura como un ritual y no como una reconciliación.

La obra siempre nos dirige hacia el interior de una oscuridad, de un infierno que imposibilita toda armonía con el mundo y mejor impulsa su riña, su desavenencia constante, soledad y escepticismo que hurgan indicios subterráneos, oculta herida que a la vez indaga y profetiza; conocimiento del dolor que lo impulsa a buscar, soñar, crear, dudar e inquietar, todo dentro de un ascetismo y rigor personal que son capaces de reflejar a otro ser humano: el motivo siempre presente del espejo a pesar de su inutilidad.

Según J. Boschius, el espejo “devuelve a cada cual lo suyo”, sentencia seguramente basada en la antigua creencia que la imagen reflejada y el modelo real están unidos en una correspondencia mágica.

En este sentido los espejos pueden retener el alma o la fuerza vital de la persona reflejada. Algunos seres como el basilisco traicionan su presencia al no tener imagen en el espejo o al no poder resistir ver su imagen bajo la pena de morir. Igual puede ser siempre un provocador de visiones.

Para Jacobo Bohme es un ojo que al mismo tiempo es un espejo y se ve a sí mismo.

El soñar con espejos, según Ernest Aeppli, tiene un significado serio y la antigua interpretación de un presagio de muerte se explica por el hecho de que “algo de nosotros está fuera, porque nosotros mismos en el espejo estamos fuera de nosotros”. El espejo sería la mirada hacia un antimundo corroído por el tiempo.

“El espejo refleja aquí sus imágenes sólo para hacerlas saltar, para descalificarlas, para confundirlas”, diría G. Bruno. El espejo es la memoria y el dominio del tiempo profano. Tiempo donde todo es posible: la noche enemiga se cierra, el mármol se resquebraja, la sombra se derrumba, caen los límites, las puertas ceden, el cielo se mancha de hollín. Frente al espejo el terror es silencio y “el silencio sólo engendra la culpa”, según la poética de Octavio García, la palabra que acoge el verbo, rehace lo hecho y deja que el misterio irrumpa en la realidad. El silencio como todo lo contrario a la noción de ausencia: presencia, mejor, de la plenitud y plenitud del instante presente, según Michele Sciacca.

Silencio que no es indiferencia, ni apatía, ni indolencia, sino la incesante disposición a obrar, a construir una realidad, un objeto a través de la distancia que engendra el poder del arte, acto anónimo y solitario de lecha ante la muerte, la oscuridad, el olvido, la traición, la ceguera, el desposeimiento y ante ello el sacrificio del poeta, su espera, reserva, soledad y fatiga.

El ave del paraíso, tan presente en el poemario mencionado, es el distanciamiento del mundo infernal donde el puente de llegada es tan angosto como el filo de una navaja, un paraíso muy ajustado al del pecado original, al del pasado bíblico, lugar utópico, siempre intentado pero imposible.

De ahí la convocatoria a todos los elementos de este mundo poético: el rayo que ilumina y anuncia fertilidad, revelación, pasión, conmoción de las ideas; el reloj de arena con su paso del tiempo, el transcurso cíclico, el eterno retorno; la noche como una ausencia de oscuridad misteriosa; los pájaros mediadores entre el cielo y la tierra, la energía vital en combate contra la muerte, siempre personificando la inmortalidad del espíritu; la luna que parece morir y resucitar; el sol y la luz después del caos; las estrellas, otra luz espiritual; el jardín que podría ser la añoranza del paraíso perdido y el lugar del crecimiento interno (visibilidad de la vida); el agua o la templanza constructora de un orden cósmico (superación espiritual), así aparezca aquí como una contraimagen, símbolo de las esperanzas vanas, de lo efímero equiparado con el tiempo: “Ignora la araña cómo ignoran los granos de arena su inevitable caída”.

Poesía que siempre comienza después del despojo donde opera el poder insurrecto de la memoria, “la voz erguida, vigilante”; la magia frente a la tristeza y a la sombra, conseguida mediante el cotidiano esfuerzo, entrega de sí mismo, uniendo el pasado con el presente y borrando el límite entre la interioridad del individuo y la realidad positiva.

De esa forma es posible la comunión del hombre con los demás seres, porque según Ritcher, “la memoria es el único paraíso de donde no podemos ser desterrados”.

La muerte golpea, divide pero no destruye, pues queda lo singular y lo increíble, lo agudamente humano y lo maravilloso, y el poeta vincula lo que la muerte dispersa, lo disgregado por la violencia, reúne los objetos desolados, los hace confluir en un punto de encuentro para anunciarles la fundación de otro mundo.

Poesía vista como anticipación utópica, movimiento de antelación profético, luego de asumir un Apocalipsis necesario: el rayo oculto por la nube, el sol quieto del adivino, la noche y su estrella apagada, “el olvido en las débiles memorias”, el exilio del sol, pero con la fe que la palabra redime; llama, pájaro y luz, vehemencia que triunfa sobre la muerte y hace presente un mundo, más allá del acto puramente literario.

El reflejo del rostro de Bibiana ante el espejo queda encerrado. La huella de los años (tan sólo treinta) ha marcado su frente de arrugas largas y atormentadas. Contempla su nariz, la boca, sus ojos, sus orejas, sus pómulos y sus manos con tal ahínco como si jamás se hubiera visto, extrañada de toda una evolución animal. Se pasa las manos por la cara. La noche la exhorta a dormir, alza sus cobijas, cubriéndola y apagando la luz, y hace que el cuarto expire el aire viciado del día.
La mañana siente un dolor fuerte. Lo primero que hace Bibiana es observar su rostro al espejo, siente que la noche anterior no le ha alcanzado para contemplarse. Su cara se refleja; se pasa las manos por ella pero no la siente, como si hubiera pasado un trozo de metal. Limpia el espejo, se le escucha una súplica a ese universo aparente y vanidoso. En la noche se pasa de nuevo las manos pero tampoco lo siente. Ahora sus manos, insensibles, con las que ha acariciado y sentido la materia, no le responden. La noche la acuesta de nuevo.
La mañana se expresa en todos los idiomas. El espejo observa a Bibiana abrir sus ojos y batir sus manos; no puede bostezar, hablar ni gritar, simplemente su boca, de labios delgados y pequeña ha desaparecido; quizás, ahora está en su mente. Se queda todo el día en la cama, escucha lo que dicen otras personas en la calle, a ver el universo abierto porque el cerrado se lo niega todo (está segura que el espejo la engaña, no puede ser realidad. “Ahí no hay razón, yo no creo en lo metafísico”, piensa). Ya no tiene su boca, la que ha probado los más ricos manjares, la que ha politizado, opinado, besado. Espera que la noche la doblegue, y duerme.
La mañana escucha el inmenso ruido de la tierra. Sus pómulos ahora llegan donde empieza el cabello. Un pájaro se posa en la ventana pero no escucha su canto. Al mirar al espejo sus orejas flácidas se han vuelto polvo; remueve los cajones de la ropa, ¡debajo de los colchones! para ver si allí estaban sus orejas pero no ve nada. El sonido físico se expande por toda la tierra; pero el metafísico se diluye en su cuerpo. Con sus oídos ha gozado de la música. Se mira por última vez al espejo y le parece tener en su cuerpo una caja con ojos y nariz. “Será lo único que me quede”, piensa, al poner su cabeza en la almohada.
La mañana huele la basura putrefacta y los aromas más agradables. Bibiana no respira. Va al espejo y su nariz respingona no está. Se desespera (pero cómo vivía si ya no respiraba, piensa, o, sigue insistiendo, no confía en el espejo. Olisquea la madera, los zapatos, los dulces pero no los captura; de pronto; de pronto su nariz ha quedado en otra parte de su cuerpo. Simplemente ve el mundo cómo se satisface: la gente saborea y huele, siente, besa y ella no cabe allí. Los ojos allí quedan, está segura; la naturaleza no le negaría el sentido más importante. Con la vista podría adquirir conocimiento observando, podría imaginar el olor de lo delicioso, escuchar algo, sentir, hablar, ver e imaginar, sería fácil. Viviría a medias pero feliz; la imaginación sería la otra parte. Duerme al llegar la noche.
La mañana contempla todo el planeta tierra. La brisa trae al cuarto de Bibiana todo el mundo. Al levantarse, se siente dentro de una caja (ahora su rostro era una figura geométrica sin conocer, piensa). Busca en el vacío un objeto con qué romper el espejo. Imagina que ha cogido uno de vidrio y lo ha tirado por simple intuición (¿Lo ha roto?). El vacío empieza a dar vueltas, como si se formara un huracán en el espacio exterior. Ahora desaparece su pensamiento, el vacío se ha quedado en las inmediaciones del antes del Big Bang. Flota y crece su extensión; el mundo se diluye. Definitivamente sube al espacio porque al brillar la luz solar todo su rostro se refleja en él.


Por Jacobo Reyes Godoy

San Bonifacio de ibagué


EXORDIO DE PRIVACIDAD

Si la muerte nos advirtiera con la anterioridad de un día el instante de su mirada, qué diferente despedida y cuántas palabras, cuántos asuntos, cuánta calidez nos rodeara. Pero las cosas más bellas y también las más cruentas del mundo, lo son en gran parte, por la impresión sensitiva que nos causan.

El maestro César Pérez Pinzón ha partido con la anticipación aquella que evoca la fragilidad de la vida, la discontinuidad del tiempo y la necedad del destino. Nos queda la deuda irreparable de no haberle podido manifestar en vida lo que él significaba como escritor, como maestro y como persona. También queda frustrado el deseo de haberle podido conocer mejor; de llegar a saber sus gustos y desaires, más allá de lo literario. Pero para una persona que asumió el intimismo como emblema de vida, nada más coherente a su discurso que el hecho de que solamente un reducido número de personas, muy de sus afectos, sabrán guardarle por legado lo más personal y verdadero. Sólo ellos saben quién fue César Pérez en su total dimensión, para el resto de la sociedad que curiosea y olvida los valores individuales, César se lleva tras el silencio afable de su sonrisa, lo más preciado de todo hombre: la intimidad de su vida y la esencia de sus pensamientos y añoranzas.

ACADEMIA E INFLUJO DE LOS DIAS

El maestro César Pérez Pinzón nació en Alvarado (Tolima) en 1954 y el 22 de marzo cumpliría 53 años. Sin embargo, para la mayoría de nosotros no fue así; para nosotros César nació en 1995, año en el cual retorna a Ibagué. Para notros César nació con barba blanca; reconocimos en él desde el comienzo y con su sola forma de expresarse, su experiencia, serenidad y formación, su disciplina literaria y su intención universalista.

A muchas personas había expresado su deseo de volver a estudiar el latín, y recordar de esa forma los estudios de historia que realizara en Bogotá, en el Instituto de la Academia Colombiana de Historia, así como su formación en griego clásico en la Universidad de la Sabana. En verdad había viajado a la capital para estudiar derecho, pero cuatro semestres de esta carrera le bastaron para detestar esa profesión, según él mismo afirmaba. De este modo encuentra su verdadera vocación y desde la acción del conocimiento y la reflexión del hombre y de la condición humana, César inicia su vida como intelectual. “Una de las cosas más bellas que he podido hacer en mi vida es leer a Platón, Sófocles y Eurípides, directamente en los textos originales. Claro que con el tiempo se me ha olvidado el griego”, decía el maestro.

Las causas de su inclinación artística y filosófica, son ciertamente más antiguas y provienen del propio hogar materno. Dada la afición a la lectura que profesara su señora madre, Clemencia Pinzón, César tuvo acceso a una pequeña biblioteca donde halló obras de Dostoviesky, Andreyev y Gorki, entre otros varios. Su primer libro, obsequio de su madre, fue El Jugador, de Dostoviesky. Todo esto sumado a la estrecha relación con su tío, Everardo Pinzón, quien le enseñó la magia posible del intersticio literario, desde las narraciones que le hiciera del Quijote de la Mancha y Las Mil y Una Noches, habitando de esta forma en el futuro maestro, un singular equilibrio entre la profundidad del sentido realista del hombre y la aventura ilimitada en los vértices de la imaginación.

Desde siempre el arte fue su tema, incluso en su juventud de bachiller como alumno del San Luis Gonzaga, sucedida entre los amigos de la calle 12, César se distinguía como aquel joven aprendiz de intelectual y serenatero de ocasión, a razón de sus talentos para el canto y la interpretación de la guitarra. La necesidad de fondo no era solamente económica, era necesidad de experiencia, de libertad, de vida y de bohemia en torno a la palabra. De allí su profundo sentido del diálogo, que ya para la época universitaria lo distingue entre la comunidad bogotana de escritores y de más artistas. El maestro contaba de un sitio mítico, de un tiempo distante, donde solían reunirse los intelectuales de la época para disertar en la extensión tasada de un café, acerca de todo; acerca de los libros. El Café Automático de la capital, donde la ausencia de emisoras o música, era una ofrenda de respeto para cada voz y para cada silencio meditante. Allí llegó siendo un joven gregario que veía de cerca pero tan lejos a los maestros de entonces, entre quienes se encontraba León de Greiff, y allí llegó también, algunas tardes después, para reunirse ya en sus años maduros junto con los pensadores y cultores más destacados de nuestros días. Germán Espinosa, Juan Manuel Roca y tantos otros que le conocieron como interlocutor válido y par de discusión, de tertulia y de amistad sincera.

En síntesis, su formación tuvo grandes pilares académicos, pero en el crisol de su experiencia fue más contundente la lectura de su proceso autodidacta, la lectura de escuchar a otros pensadores, y sobre todo, la lectura de los días, en su calidad de observador de la cotidianidad humana.

QUEHACER DE UN CULTOR

Para el maestro César Pérez toda actividad laboral tuvo siempre que ver con su función como cultor, o su emprendimiento artístico. Paralelo a la labor de formación autodidacta y oficio de escritor activo, que hasta el último día siguió llevando acabo, realizó y lideró una serie de proyectos signados todos por el mismo asunto fundamental: difundir y enseñar el arte, ceñido a los principios clásicos y universalistas, que distinguieron siempre su participación entorno a la excelencia y permitieron que un enorme número de personas, jóvenes y adultos, cercanos alumnos y anónimos lectores, se beneficiaran en gran parte de su conocimiento y gestión cultural.

Su vida laboral comienza como analista literario para la Editorial Voluntad y colaborador del Magazín literario del periódico El Espectador; ya para este punto sus relaciones literarias en Bogotá le permiten fundar junto a otros intelectuales la Unión Nacional de Escritores, de cuyo grupo ocupara la vicepresidencia. Fue también asesor de las tres primeras Ferias Internacionales del Libro y participó en la coordinación de los encuentros internacionales de escritores que dicho evento promueve. Dirigió el programa Diálogos Culturales en la Radiodifusora Nacional de Colombia, y fue diligente asesor de varios proyectos intelectuales que se gestaron en Bogotá mientras allí vivió.

Una vez retorna a Ibagué, la importancia de su labor cultural y el prestigio fundado de su nombre, dejan huellas indelebles en la historia del desarrollo artístico de la ciudad. Transcurrido un año de su regreso, se vincula como docente de Historia del Arte para el Programa de Arquitectura en la Universidad de Ibagué. Es coordinador a partir de 1997 y durante tres años, de las páginas literarias del periódico El Nuevo Día. Nunca abandona la publicación de textos de excelente factura en diarios y revistas a nivel regional y nacional; así mismo se distingue como juez de varios concursos regionales de literatura, y conforme lo permitía su agenda como creador, viaja fuera del Tolima para participar en encuentros de escritores y dictar talleres y charlas a lo largo del país. Fue director en varias ocasiones del Taller de Narrativa y la tertulia de los miércoles en la Biblioteca Darío Echandía. Maestro de talleres entorno al minicuento y demás formas narrativas. Y por último, al momento de su fallecimiento, era director para el Tolima de la Red Nacional de Talleres Literarios, coordinada por el Ministerio de Cultura y la Universidad de Ibagué.

Queda demostrado de esta forma que para el maestro César Pérez Pinzón, el arte fue el espacio de su vida y fue su tiempo en el vivir. Esta laboriosidad, sumada al destacamento propio de su obra literaria, le valió merecer en 1989 el Premio Tolimense de Literatura, promovido por la Gobernación del Tolima. Y para el año 2003, su libro de cuentos “Hijos del Fuego”, resulta ganador del primer puesto en el Concurso Ciudad de Bogotá, auspiciado por el Instituto de Cultura y Turismo de la misma ciudad. Y no obstante, cuántos reconocimientos serían necesarios para agradecerle a un maestro, la labor humana de creer que la sensibilización de la sociedad por medio de la cultura es posible, y que el mundo aquel que trasfigura el arte, es un mundo mucho mejor y mayormente semejante al humanismo, que debiera ser la única razón de fe del hombre de todos los tiempos.

PALABRAS CREADAS

La muerte todo lo seduce, pero para el artista, su obra es permanencia y legado suficiente. El ejercicio literario del maestro César Pérez Pinzón, exhibe a través de todos sus libros, tres etapas fundamentales que envuelven la vida del autor en su búsqueda por la palabra imprescindible. En principio está la simplicidad y celeridad juvenil, después la madurez y hallazgo de la profundidad temática e intensidad semiótica, y por último, la libertad del lenguaje, que devela la verdadera exaltación ontológica del sentido literario.

En 1979, a la edad de 25 años, aparece su primer libro de cuentos, “Alucinaciones”, que el propio maestro afirmaba como un acto de apresuramiento e inocencia, conservando siempre la idea de poder corregirlo más adelante. Para 1986 publica su primera novela “Hacia el abismo”, y ese mismo año da a conocer su siguiente libro de cuentos “La calle del farol dormido”. También figuran dentro de su obra títulos como: “Dante Alighieri o el peregrino de los sueños”, y ensayos de profundo conocimiento histórico y literario como “El quijote periférico”. En el año de 1996 publica la novela “Cantata para el fin de los tiempos” y en el 2003 aparece el que será su último libro de cuentos “Hijos del fuego”. César deja inédita una novela, “La ronda de los perplejos”, la cual había terminado y corregido en su totalidad, aguardando poder publicarla prontamente.

Una característica prima distingue el quehacer literario del maestro Pérez Pinzón en sus últimos trabajos, la investigación. La investigación como materia rigurosa e indispensable en el conocimiento de sus atmósferas creadas y personajes convocados; la investigación no como fría base de conocimiento, sino como epifanía hacia la convivencia interior del artista y su obra. Fueron meses, el tiempo que convivió junto a los personajes de la Calle del Cartucho en Bogotá, que inspiraran sus historias de “La calle del farol dormido”; y fueron años, los que dedicara a la lectura y conceptualización de cada mundo evocado en “Hijos del fuego”.

Conocedor de las técnicas y tendencias literarias, el maestro siempre se inclinó por preferir la estructura de sus obras como un puente significativo, dictado por el devenir casi natural de las circunstancias y vicisitudes, más que como un elemento accesorio de ostentación, definiéndose de esta manera detractor del experimentalismo injustificado. Así, en coherencia con su pensamiento, el paralelismo de los planos literarios y las rupturas espacio-temporales siempre encuentran causa y suficiencia en el entorno de sus escritos, permitiéndole al lector una segura travesía lo mismo en el flujo narrativo, que en el transcurso irregular del tiempo ideado.

El erotismo como esquema lúdico de búsquedas íntimas de la identidad, la idealización femenina como utopía de último destino y serena complementación, la reflexión filosófica y el recurso poético como síntesis dialéctica de la esencia vivencial, la búsqueda del sueño o del gran deseo en el establecimiento de una razón válida de vida y la muerte como significante y perpetuación de los anhelos imposibles, son otras constantes de su obra.

Aunque en su devenir literario se afirme la transmutación de lo realista hacia entornos más ficcionales, lo cierto es que pese a que el mundo creado por el autor fuera menos convencional en sus últimos trabajos, siempre fue adepto a ceñirse a las reglas realistas de la cotidianidad que narraba, por más excéntrico que fuera el entorno. César definía la imaginación como una recreación de la realidad y una reiteración del mundo, dejando claro de esta forma que no existió para él mayor asombro, que el del hombre ante su verdad y ante sus propios actos.

SIGNOS Y SIGNIFICACIONES

La unidad estética de su tono narrativo distinguió en su trabajo un estilo completamente definido y detalladamente elaborado. Se habla de una marcada influencia borgesiana en cuanto a la forma literaria y el lenguaje se refiere; pero mucho más allá de eso, lo que se hace evidente en César Pérez es su identificación con la estética de la literatura inglesa en general, que fuera también influjo del mismo Borges. La solemnidad del lenguaje inglés, la fría meticulosidad de cada maquinación, e incluso la visión de honor y rectitud personal, es palpable en la obra de César; era palpable incluso en el ser de su propia vida.

Los marcos de erudición, superficialmente visibles en los diálogos y reflexiones de sus personajes, son consecuencia de su principal afición, que él consideraba una responsabilidad literaria; la lectura. Por todos es conocida su preferencia por los libros “Clásicos” de la literatura universal, aunque principalmente denoten influencia directa en su obra los clásicos griegos y autores como Dostoviesky, Conrad, Gómez Valderrama y por supuesto, Jorge Luis Borges; de quien incluso tomaba frases que llevaba a la práctica como emblemas de existencia eficaz.

Además de la serenidad y estabilidad emocional al transcurso de estos ocho años, César demuestra haber hallado gran libertad de método y lenguaje, así como cercanías hacia el lector no especializado, permitiéndole a sus textos un entendimiento general, con un fondo que nunca dejó de buscar el elemento universal en las particularidades más monótonas del individuo.

Respecto al gran orgullo y absoluta complacencia que su libro final de cuentos, “Hijos del fuego”, causaba en él, basta con citar sus propias palabras:

“Fue una gran aventura. Yo, que ahora soy un viajero en pantuflas, me hice contemporáneo de todos los tiempos, habitante de todos los lugares. Esto lo digo, porque a través de este libro hice inmersión en el universo privado de cada uno de los personajes tratados. En Pompeya, compartí la visión del unicornio con Plinio el Viejo; caminé las montañas de China con el poeta Li-Po, que dedicaba versos a la luna; navegué los mares del mundo en un barco de Joseph Conrad; presencié el asesinato de Christopher Marlowe en una infame taberna de Londres… en fin. El libro me ocupó varios años de investigación serena. Lo hice muy despacio, porque cada tema era una nueva felicidad, y todos queremos prolongar la felicidad. En cuanto al puro acto de escritura, fue relativamente fácil cuando ya había incorporado en mí cada uno de esos mundos, cuando ya eran vivenciales”.

TALLERES DE INVENCION

Ibagué trajo para César Pérez grandes cambios, volcó su mundo hacia la serenidad del día y los avatares de la docencia, igual como profesor universitario que como tallerista de renombre. Un inusitado contraste, ya que su principal tesis teórica era la práctica misma. “Las normas academicistas acartonan la literatura”, afirmaba con decisión.

De hecho su plan temático consistía en brindar los conocimientos mínimos para poder redactar un texto con coherencia, y de este punto en adelante era el alumno, por medio de su acto de escritura y la sabía crítica del maestro, quien debía aprender por sí mismo de sus errores y aciertos, encaminándose a la consecución de un estilo propio y una disciplina en el área de las lecturas, las cuales César consideraba, como la verdadera academia y la pasión vital de un serio aspirante a escritor.

Los autores evocados eran: Horacio Quiroga, Cortázar, Borges, Chejov, Poe, Hemingway y Rulfo entro muchos otros. Procurando tomar de ellos las características que permitieran al texto parecer, según su propia adjetivación: inevitable, fluido pero sin caer en la simpleza, carente de efecto accesorio, de diálogos justificados y llamativos, sin erudiciones innecesarias, y sobre todo, dueño de una atmósfera propia.

César pretendía que el alumno encontrase en Chejov la técnica narrativa, prestando especial atención al diálogo como elemento conducente de la obra y recordando siempre que la plática de la realidad no es tan siquiera similar al diálogo literario. Este punto, decía César, es punto de juicio suficiente para conocer las virtudes del escritor.

“Lo ideal es escribir acerca de lo que nos rodea, pero tomando distancia sobre los hechos, permitiendo que el tiempo avance lejano al fenómeno motivador. La creación de personajes requiere la invención de su biografía. Si no traen material para trabajar, desvirtúan el concepto del taller. Hay que leer y leerlo todo; sin prisa pero sin pausa”, estas eran algunas de sus afirmaciones recurrentes en el transcurso de sus clases. No era extraño verlo llegar a la felicidad ante la superación en el acto creador de algún alumno, lo mismo que conocer los matices de su enfado ante la reiteración de los errores y los falseados intentos artísticos.

Los talleres se habían convertido para él en una cita importante, donde de a poco veía el crecer del concepto estético y del paulatino hallazgo de una identidad coherente en los jóvenes aprendices. Aunque quizás más vital y activo, le pareciera el sagrado tiempo del descanso. Allí, desprovisto de su tono magistral, aunque revestido siempre de sabiduría, compartía junto a los alumnos un café de diálogo y motivación. Sólo César sabrá qué tanto podían estos instantes recordarle sus inicios como intelectual en el Café Automático, comentando de un libro pasado, exponiendo de un libro presente y enamorándose platónicamente de algún libro futuro. El poder de convocatoria que poseía su nombre, y la gran afabilidad hacia su alumnado, son características que harán sentir su ausencia en esta Ibagué, en pleno instante de desarrollo cultural y búsqueda de un colectivo estético de identidad original.

EL CIRCULO DE LOS AFECTOS

Ausencia de Borges y Días como agujas de Juan Manuel Roca eran los poemas preferidos de César, esto sumado a su dilección por el bolero y grandes obras literarias de atmósfera melancólica, harían pensar en él cierta inclinación a la tristeza, pero más que una fuente de identificación personal, lo que estas obras representaban para su sensibilidad, era una preferencia estética. El maestro no era triste, no era ausente y no vivía de melancolías, sencillamente creía que en el pesar y la nostalgia, el hombre se revelaba íntimamente a sí mismo, y era esto lo que plasmaba en sus obras; de esas aguas se rodeaba, pero no las absorbía.

Su juventud transcurrió entorno a su madre y su único hermano. En su madurez, vivida en Bogotá, estuvo casado alguna vez hace más de veinte años, y de aquella relación nació su única hija, Ariadna, con quien mantenía paulatina comunicación, pero César no hablaba mucho de ella, ni de casi ningún aspecto de su pasado. No es posible distinguir los parámetros o circunstancias de su vida emocional, económica o social, porque él nunca los expuso. Nunca los expuso para los demás, aunque los compartía con los suyos. En el mundo predilecto del autor, fueron pocas las almas amigas, y aún así, fueron infinitas. La amistad fraterna, el verdadero amor y la ternura, no eran temas ajenos al artista. Sin embargo, en algún momento de su vida, caminó el trayecto y no volvió la vista atrás; cerró las puertas, mejoró el humor, redujo la prisa, escribió lento, evadió la controversia, simplificó su vida y en su sola intimidad pudo amar, y amar muy profundamente, pero sólo a aquello que pudiera brindarle el gentil detalle de la absoluta correspondencia.

En el interior de su apartamento, César dedicaba tiempo no sólo a la literatura, sino tamibén a otros asuntos vitales, como alimentar a Chaplin, su mascota; un gato blanco, suicida y borrachín. Chaplin sabía sacarlo de su concentración matutina; con él jugaba a la pelota o a las escondidas, aunque siempre perdiera. También lo reprendía cuando era necesario, teniendo en cuenta que esto último lo hacía con gran delicadeza, pues la reacción del gato ante la voz del maestro en tono de severidad, era dirigirse hacia el borde del balcón de aquel quinto piso. Una pataleta a la cual no habría que prestarle mayor atención, de no ser porque Chaplin cumplió al menos dos veces su amenaza de lanzarse al vacío. En definitiva fue una silenciosa compañía para el maestro, incluso en los días de resaca, cuando después de alguna reunión bohemia realizada en el departamento, el gato aprovechaba el sueño de los contertulios, y bebía hasta la ebriedad los cunchos de licor de cada copa, para tumbarse luego junto a César y padecer de este modo con él, el guayabo del festín, turnándose la piedad de una caricia o de un maullido.

César, más que solitario, era una persona escéptica de las decrepitudes sociales. En este sentido no tuvo término intermedio, o alguien era absolutamente amigo-hermano suyo o sencillamente era una persona a la que distinguía. Olvidaba nombres que de sobra conocía, lo mismo que recordaba escenas propias del olvido, según deseara validar o no a las personas y sus actos. El maestro había reducido el imperio de su entrega, solamente a aquellos seres que consideraba esenciales. Y quizás guiado por aquel instinto capaz de discernir lo fundamental entre todo lo omisible, aceleró su auto hace ocho años en persecución del coche de Teresita Santofimio, con el solo propósito de lanzarle un piropo e invitarla un café. Un café tasado en la extensión de todo este tiempo, tras el juego itinerante de la palabra como seducción. Porque nunca se cansó de seducirla y tal vez jamás dejó de enamorarse. De este modo vinieron a citarse sus vidas, tras un largo fluir de coincidencias. Mucho antes, sin llegar a conocerse, habían visitado Europa por el mismo tiempo, y existen fotografías paralelas de haberse conmovido ante idénticos paisajes; la desilusión amorosa a ambos los marcaba, eran mutuos algunos de sus más cercanos conocidos y por la misma fecha en que César escoge su residencia en el centro de Ibagué, Teresita elige su apartamento, tan cerca uno del otro, que podían verse por sobre la altura de los edificios y del parque Centenario.

La siesta del mediodía, el café de la tarde, la reunión de alguna noche, el tiempo detenido del apartamento y el panorama transeúnte en la pizzería de la Plaza de Bolívar, fueron las circunstancias de esta “larga conversación”, que es lo que en síntesis significa una relación de pareja. De aquel triunfo que le valiera al maestro un premio nacional y le causara tanto orgullo y satisfacción, Teresita fue esencial en gran medida. El no se cansaba de reconocer que había sido ella quien lidiara con todas las exigencias del concurso, hasta realizar el envío de la obra. Del mismo modo y con igual diligencia, ella introdujo en su mundo todo un esquema destinado a facilitar la vida del creador. César podía levantarse a leer o a escribir, sin tener que ocuparse de otro asunto; Teresita se encargaba igual de una ausencia en la alacena, que de conseguir los libros más recónditos y hacerlos llegar desde cualquier biblioteca, hasta las manos de su amado lector.

Los artistas, los buenos, los memorables, comparten todos una misma característica, lo deleznable de su corazón y la frialdad de su pensamiento. No difiere esto en gran medida del proceso creador, cuando en la obra procura desbordarse toda la pasión humana, pero sin violar los límites de forma predispuestos. En fin, de la suma de las pertenencias ciertas del maestro, cuatro eran de verdad envidiables: los más de cinco mil volúmenes de su biblioteca, la extensión de su conocimiento, el talento de su genio creador y el leal apoyo de su compañera.

IBAGUE, CESAR, SU OBRA, Y LA DIGNIDAD

Tras el deceso de su padre, César se enfrenta a la circunstancia de tener que abandonar Bogotá, y en el antojo de su libertad y tal vez de sus recuerdos más gratos, elige a Ibagué como signo de retorno, de tranquilidad y de inspiración. Ibagué era la visión y el clima perfecto, pero también era una medida diferente del tiempo y otra dimensión de vida. De una u otra forma, la manera como una persona se integra en un paisaje, hace referencia a sus vínculos primigenios y sus características comunes, y al ver el modo profundo y decidido en el que César se vincula a la ciudad y deja huella en su devenir, queda claro que para él Ibagué representaba un espacio de actividad, en el cual se sentía cómodo y vivaz.

En una región donde la oralidad mantiene todavía formas primitivas de la intensión artística, el maestro supo comunicarse, sin caer en la trampa de la egolatría. Las anécdotas que refería contaban de antiguos griegos, o de pasajes literarios capaces de sintetizar en sí mismos la misión cultórica de la literatura. Quince minutos de charla con César, podían dejar una tarea bibliográfica de un año entero para quien lo escuchara. Y no por el simple hecho de emular su conocimiento, sino por causa de verse motivado a aquella energía de felicidad e incluso de poder, que exponía frase a frase mientras contaba, casi como reescribiéndolas, las historias del mundo; no del que fue, sino del que inventaron las letras.

El todo de su obra, procura ser catarsis desde la reflexión; un detenimiento intelectual que inspira la vida de la acción. La revaloración de la inmediatez como riqueza inexplorada era su propuesta más constante, junto con la exaltación del elemento literario en sí mismo. De esta forma era literatura de la literatura, y era por ende, intertextual, palimpséstica y metaficcional. Términos que el maestro jamás usaba, o no sin antes disculparse ante el auditorio por acceder a definiciones academicistas, en un oficio que él sentía exclusivamente sanguíneo y carnal, con el tremendo suceso de la creación y sus vicisitudes de carnicería interior, para llegar a lo más excelso de la belleza; la sombra de la realidad.

Su significado como artista es diverso. La observación inmediata nos habla del rigor de la lectura, de la grande responsabilidad del acto creador, y de la severidad de la autocorrección y la exigencia personal. Pero más allá de estos ámbitos tan trajinados en el oficio del escritor, César encarnaba como persona dedicada al arte, un aspecto de profundo significado social. Inmensamente lejano al infundado estereotipo del artista, que subyace en lo tabernario y lo misérrimo, su voz no era la ebriedad del vino, su palabra no buscaba la aceptación del salón ocasional y sus modos nada tenían que ver con lo contestatario o lo anárquico. Junto a otros pocos autores residentes en la ciudad, César exaltaba la universalidad de su pensamiento, no sólo en su escritura, sino en su forma de vida, representando con sobriedad, la coherente altura del intelectual; la dignidad posible del escritor moderno.

DESPEDIDA AL CAPITAN

La muerte es una forma de belleza incomprendida, su función más profunda no tiene que ver con quien nos deja, sino con quienes restamos. Es un punto de impresión para valorar las riquezas cotidianas y apurarle el paso a los sueños en consecución. No por exclusivo antojo, la muerte es la escena predilecta del artista en procuras del final absoluto; lo era para César. Que no podamos entender la necedad, la premura de este viaje, no significa que carezca de sentido.

En la mañana del 29 de noviembre de 2006 un infarto cesó la vida del maestro, y cimbró las nuestras. Algunos se enteraron casi de inmediato, otros tuvieron que aguardar su ausencia en la tertulia y los talleres. La tarde postergó cualquier asunto, y tanto sus alumnos, como el mundo de la universidad y la comunidad artística, se dieron cita en la funeraria. Todavía la noche parecía un imposible. La realidad supera la ficción por causa poderosa de un solo hecho; es cierta. Un libro se cierra cuando agrede, cuando aburre, cuando puede más el cansancio o cuando el lector desea cerrarlo, así sencillamente. Pero la vida prosigue aunque termine la vida. El mundo pierde 21 gramos de su peso absoluto con cada deceso —inexpugnable—, por ello es tan importante significar las cosas y creer como en la literatura, que la memoria prepara al hombre para el olvido.

Fue una breve despedida la del maestro, pues a las 11 de la noche trasladaron el cuerpo rumbo a Bogotá. No tuvo acceso a la Cámara Ardiente destinada a las personalidades regionales, ni a una tumba visitada paulatinamente por sus alumnos. Para nosotros, César nació así, de pronto y con barba blanca, y desapareció así, igualmente furtivo. En verdad es probable que tanta sea la propiedad que poseemos sobre nuestra propia vida, como tanta sea la propiedad que tienen los dolientes sobre el cuerpo yerto; es sólo que en este caso los dolientes eran tantos, que desoír el deseo colectivo, fue casi como no entender la decisión de permanencia en Ibagué que el maestro mismo había mantenido todos estos años.

De lo que fue su vida, dedicada por convicción al arte y la cultura, y de lo que fue su forma de vivir, como un acto irrefutable de libre albedrío, queda la obra de un escritor tolimense que trasgredía la región y hablaba del mundo y de los tiempos. César leyó y escribió lo que quiso, vivió bajo las normas que él mismo dispuso y se mantuvo cercano o distante de los demás, tanto como fuera la intensión de su deseo. De este modo es posible evocar las frases finales del poeta inglés William Ernest Henley, cuando en su obra Invictus, recuerda que vivir significa dignificar, y que la libertad del espíritu es irreductible. Así termina Invictus: “Soy el amo de mi destino / Soy el capitán de mi alma”

César Augusto Pérez Pinzón

(1954 – 2006)


xxvI/II/vII

GESTO LITÚRGICO


El silencio no es la ausencia de palabra sino su presencia de otra manera, recogida tal vez como tensión expectante. Centro primordial, “principio y fin de cada criatura, de todo lo creado, el silencio funda para nosotros lo fundamental de la escritura: el círculo de misterio que envuelve la existencia”. Es cierto, la calidad de toda escritura depende en la medida en que se transmite el misterio, el mito de nuestra vida interior. El silencio se hace pausa, calidez, secreto, habitación, dominio, fortaleza interior, gesto litúrgico. Escribía Saint Exupéry: “Sólo en el silencio la verdad de cada uno se anuda y echa raíces”. El silencio es renuncia, correspondencia, relectura, meditación, vínculo mágico, identidad con el infinito vacío, sensibilidad, reserva, elección, alejamiento del ruido, de lo vociferante, del escándalo de la moda imperante, del grito tosco y dominador de la condición humana, la exhibición, la superficialidad, la diversión, el pasatiempo, la especulación, la evasión, las realidades fragmentadas para siempre, lo efímero, lo inconsistente, lo que podríamos llamar “la gramática de lo inhumano”. Kafka expresó que las sirenas, a diferencia de la mayoría de los hombres, “tienen un arma más terrible aún que el canto y es su silencio”.



LA OBRA

La obra, dentro de su esencia espiritual, considera al hombre como depositario y objetivo final de su cometido, así la creación sea de una naturaleza dinámica e inestable, en perpetuo movimiento. Los alquimistas aseguran que lo único estable es el ser increado. Desde la visión oriental la creación nunca termina, ya que hay momentos de fundación y de destrucción en un tiempo cíclico de quehacer continuo. El arte genera una plenitud de recreaciones que son realidades transformables, las cuales se interpenetran.

Todas las relaciones dentro de la obra son provisionales, nada rígidas ni definitivas. Por lo tanto, no se puede afirmar que alguien “concluyó o acabó una obra”, pues la obra es tan sólo un punto de partida.

Una obra de arte es más que una forma acabada y cerrada en su excelencia de organismo perfectamente ajustado.

Cuando la obra proviene de la creencia intensa del éxtasis, del sueño y la fantasía, es imposible ponerle un punto final. Ello sería interrumpir su proceso de transformación permanente y prolongado. La acción (intención, movimiento, tensión, experiencia, ánimo) de la obra subsistirá a través del tiempo y del espacio, al menos que se le intente domesticar, contener, esclavizar y encerrar dentro de fronteras bien definidas, los odios límites de las celdas y campos de concentración de nuestra época actual.

La esencia de libertad de la verdadera obra puede impedir aquellas restricciones que niegan, obstaculizan o reprimen el arte, su desequilibrio, su energía transformadora, su fuerza de emancipación y trascendencia.

INVENCIÓN Y MÍMESIS

El realismo tiene aún sus adeptos anacrónicos y su lucha contra lo esclerotizado y lo decadente se ha vuelto en su contra. En ese sentido los nostálgicos hablan de un regreso al helenismo, a la mitología clásica, al arte renacentista y decimonónico.

Otros, en su versión local, se alojan dentro de lo pintoresco, el folklorismo, la oralidad, la tradición irremediable y el coloquialismo a usanza. Muchos escritores vuelven a encerrarse dentro de la pequeña aldea donde pregonan su afán de verisimilitud, veracidad y representación. Sobreviven el sentimentalismo romántico, la didáctica moralista y la escenificación cruda de la realidad. Suponen, como lo afirma Pablo Montoya, “que por reflejar la exactitud merecen ser llamados artistas”.

Es lo que vas de la lucidez a la marginalidad y de la sobriedad al empobrecimiento estético: imitación de modelos, observación y reproducción. Ignoran que el arte es invención y que transformar un objeto es convertirlo en otro (no es perfeccionarlo, ni pulirlo o intensificarlo, sino convertirlo en una verdad distinta a la entidad que sirvió de partida, sin acatar cualquier presunción de verosimilitud).

Olvidan que el arte es un invento de la imaginación, un mundo posible que escapa a la idea postiza, hábil, fingida e ingeniosa de ensamblaje (adición, sustracción, acoplar a las malas, unir lo que no se puede juntar, enlazar mediante el común artificio), donde todo allí se imita: las ideas, las emociones y las pasiones, como si las huérfanas, solitarias y aisladas emociones “hubieran sido capaces alguna vez de crear algo artístico”, según lo expresaba Nietszche.

ARTE VIVO

Existe una tendencia de la literatura que pretende reemplazar la tensión por la erudición, esclavizando de nuevo al arte a las ataduras del intelecto, a la estética tecnicista clásica de origen renacentista, cuya dinámica se encauza a la nostalgia grecorromana, inglesa o italiana, el rechazo de otras expresiones que no sean los clásicos, es decir, lo no amoldado a la simetría, al orden, a la claridad-transparencia intelectual, teorética y especulativa de la representación artística.

Sus forjadores son considerados por la crítica conservadora como grandes estilistas, “de rara y exquisita expresión”.

Tal erudición pasa de una cultura vasta y profunda en el campo del humanismo, al culteranismo, expresión de extrema artificiosidad que deja de lado lo sensitivo, la espontaneidad, la sugestión y la ilusión, como elementos generadores del arte vivo.

La erudición malsana –la pedantería de conocimientos inusuales pero superficiales e inútiles, datos inconexos, pura nemotecnia, destreza, ejercicio terminológico, sumatoria estéril de informaciones, en fin, el artificio, el ingenio, lo fingido- tiene como horizonte, según Burke, la perfecta conclusión formal de la obra que caracteriza la “belleza clásica”.

Buscan el equilibrio de lo totalmente terminado, sin percatarse que toda obra es abierta, inacabada, incompleta, indeterminada, de imperfecta realización.

En esta línea de “no acabamiento” de la obra, que ha de ser completada y cargada de significado por el lector, la nouvelle critique y Barthes en particular, llegan a postular un ejercicio activo del lector, frente a lo cual el destinatario no es un consumidor pasivo, sino un productor, con permiso para “maltratar el texto, para quitarle la palabra”.

Desde este punto de vista la obra ya está abierta desde el origen y no sólo en la evidente variedad de las interpretaciones, porque no se cree que el mensaje esté históricamente establecido y consignado en la escritura del texto.

Obertura y fractura que deja una ausencia, algo por concluir en el acto de la lectura, gracias al vuelo de la imaginación. Ambigüedad, la llama Umberto Eco, una de las características del arte y de las poéticas contemporáneas, “una de las finalidades explícitas de las obras”.

La erudición nombra al objeto, el arte vivo lo sugiere. La erudición conceptúa, ordena impecablemente, pretende agotar la riqueza del texto, siempre potencial. El arte vivo, por lo contrario, hace de su constancia el hacer, rehacer y deshacer, sosteniendo una utopía de la obra distinta, creadora y crítica a la vez, una obra sin lugar fijo, sin descanso, siempre en movimiento.

EL OTRO TÓTEM

La vuelta al provincianismo por medio de un afecto localista es palpable. Benéfica es su actitud cuando se trata de reafirmar la identidad o advertir afinidades culturales de enorme valía. Nociva al levantar los muros para negar la modernidad y la universalidad, o al llegar a pensar dogmáticamente que los hábitos, experiencias y productos particulares, propios de la provincia, son siempre lo mejor.

¿Regionalismo fanático y excluyente, reflejo erróneo que mezcla intereses políticos y económicos, otra manera del subdesarrollo, sentimiento de inferioridad?

¿Atraso cultural en cuanto a pobreza e insuficiencia del pensamiento y de las obras?

Según las palabras de Michael Ende, provincianismo es un aferrarse miedosamente a convenciones, vacías ya de contenido. Lo cierto es que una de las vías para consolidar lo parroquial es la mitificación de ciertos personajes, quienes valiéndose de su poder intentan legitimar una obra casi mediocre (la política reemplazando al arte).

El crítico Mario Sesti ha llamado Claustrofilia a lo que ocurre exclusivamente en un ámbito doméstico, limitado a las cuatro paredes, donde no es posible comunicar, cultivar la propia individualidad ni desarrollar un drama que vaya del mundo particular al universo de todos.

El tránsito del “refugio de la intimidad” al espacio universal se ve truncado debido al provincianismo.

Se mitifican los pensamientos, las acciones y las creaciones, sin importar su valor. Todo culto a la personalidad involuntariamente mitifica. Implica una curiosa interacción de crear y, a la vez, colmar una brecha. La gente pone aparte al personaje (de reminiscencias feudales o de antiguos cacicazgos), exagerando sus características, tildándolas de extraordinarias.

La existencia de lo aparente extraordinario produce en los seres humanos una profunda intranquilidad. A dicho individuo lo buscan y lo exaltan pero a la vez le temen. Suspiran por una tranquilizadora conexión con él.

Cualquier pintoresca figura, cualquier vida aventurera, cualquier persona que acumule poder o estatus en una aldea o ciudad, lleva consigo el germen del mito.

En aquellos personajes sobreviven unos caracteres típicos o actitudes humanas populares, imágenes irracionales. En tales figuras el pueblo se reconoce, en tanto resumen deseos o ambiciones como el éxito, las influencias, el dinero, el mando, el prestigio bien o mal logrado.

Y ello empeora si la figura se adorna socialmente con alguna expresión del arte, la cual valida a través de la mitificación, creación de una fascinación engañosa y simulada.

La mitificación brota de la inercia humana y del temor al cambio, situaciones propias de las sociedades estancadas en el tiempo. Tal temor los lleva a adoptar ídolos, talismán de su incapacidad, tótem de su voluntaria exclusión.


LA FE DE UNA POÉTICA

Para Kandinsky, “valorar una obra de arte significa decidir si en esa obra se hace presente un mundo, si posee alcance profético”. La obra de arte se concibe así como nueva religiosidad, e incluso como una forma de misticismo, donde el creador es “un hombre en todo semejante a nosotros, pero que lleva dentro una fuerza visionaria y misteriosa”, una especie de “alquimia del verbo” o de “cábala de la forma”.

Todas las poéticas proféticas, desde Baudelaire y Mallarmé, luchan por hacer un proyecto de dicho mundo, místico y originario, denso y enigmático, mítico y mágico, intentando descubrir los caminos ocultos.

Es la fe de una poética, el alcance espiritual de las palabras y de las imágenes, su poder evocador, su virtud encantadora, su atributo de creación. Allí “el artista se convierte en deimurgo y la obra en una cosmogonía”.

De esta palabra parte una resonancia sustancialmente secreta, oculta, unión de intuición y reflexión, que va a culminar en la fundación de otra realidad y no en “trivialidades o en construcciones arbitrarias”, como dice la sentencia de Gianni Vattimo.