Archivos de la categoría ‘León Darío Gil’

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León Darío Gil Ramírez

ENCARGOS

(Poema recogido)

Todavía quedan, no traiga papas;

dos atados de panela de buen color;

una de fríjoles, fíjese que no estén picados;

una caja pequeña de maizena de vainilla;

un kilo de azúcar de la nueva;

avena Quáker en hojuelas;

café del de siempre;

una libra de lentejas de empaque azul;

jabón de olor para el cuerpo, todavía hay para la ropa;

canela en astillas;

azafrán el Buen Gusto, ese, dos papeletas;

cominos en bruto;

una caja de caldo, pero del otro;

aceite cero colesterol, un frasco;

la veladora verde para el Tadeo de la cocina

y la blanca para el Niño de la sala;

si no es de durazno, no traiga gelatina;

chocolate amargo;

velas de las grandes, un paquete, amarillas;

doble hoja, que sea Scott, un rollo;

no se le olviden las aromáticas suyas;

fósforos que no pierdan la cabeza;

vinagre de manzanas, eso es barato, un frasco;

un tubito de pega fina para pegarle el cuello al cisne del chifonier;

para mí no me las compre con alas, búsquelas sencillas;

y un tarrito de condensada para los dos.

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León Darío Gil Ramírez

EL TABURETE

Es el más humano de los seres

que arriesgan en mi cuarto

su vida con la mía.

De mi alma está hecha la suya

de mi voluntad su voluntad vacía.

Su naturaleza es estar, manso.

Donde lo pongo se queda, dócil.

Lo encuentro donde lo dejo, esperándome.

Caviloso,

desde su inmóvil silencio

sospecha, inquiere, instiga

mi ánimo, mis dudas, mis anhelos de habitarlo.

Como el más fiel de los amigos

llana y simplemente se me ofrece,

sin reproches aguarda a que a cualquier hora llegue.

A costa de abusar de su oficio

ya, creo, se aprendió de memoria

las orillas de mi cuerpo, su peso,

las talladuras de mis huesos,

los humores que delatan lo que encierro,

las ansiedades que cruzan mi conciencia.

Son de nadie y son borregos

los que por miles se cuentan en las fiestas;

receptáculos, no más, de culos pasajeros.

Aunque apuntalen puertas

los taburetes no pueden ser sino taburetes,

aunque presten su altura de niño

para cambiar la bombilla, el bendito fusible,

limpiar el retrato

o clavar, alta, para otro santo en la pared una puntilla,

aunque sirvan de percha

para colgar los trapos que tapan la vigilia.

Del paraíso no fueron, ni serán del cielo;

de la tierra son

de donde son la sed, el hambre, la tristeza,

el cansancio y la escritura.

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León Darío Gil Ramírez

DOMINGO

Para soportar la carga de años

y espantar los perros, los bastones.

Para el camino dos bombones de coco

que compran donde don Isaías.

Como si filtrara de tristes impurezas el alma

ella, feliz, trajina por los destinos del día.

Lo que se va a untar

lo ordena en la repisa de los santos.

Apronta los aritos de cisnes.

Con la sombrilla saca a orear

la pañoleta de pájaros morados.

A la cartera café de colgar en el hombro

con un pañuelo viejo ella misma le abrillanta las hebillas.

De los chales prefiere el de flecos verdes; ese dispone.

De los dos, él escoge el sombrero gris y lo cepilla.

Las gafas de salir, donde no se le olviden, las deja.

Con los suyos enluce los zapatos de ella.

Es domingo mañana, domingo:

las palomas, la misa, los enredos de gente,

las calles por donde van

y la vitrinas guiñándoles antojos,

el escaño en el parque que con fe los espera,

las crispetas

y una oblea, para los dos, sencilla.

Se ríen unas risas, unas caricias, místicas, se tocan,

el amor que aún les queda se lo miran,

él, con la uña del meñique, le limpia una brizna de maíz,

le horma, ella, con los labios, un beso de gracias,

se oye a lo lejos, como un cocuyo, despabilarse una sirena.

Y si el silencio, acaso, no es propicio

se cuentan lo que les va contando, desde bien adentro, el alma.

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León Darío Gil Ramírez

EL INQUILINO

El semblante desmemoriado de un espejo, un Cristo,

con colores cansados

la foto de un hecho en un atrio ya lejano y triste,

sin canciones una guitarra sin cuerdas,

nieblas entre montañas en un cuadro de nadie,

de un año anónimo la hoja de un agosto,

vestigios de pasados inquilinos,

nidos de arañas

en los rotos desmerecidos de puntillas,

de un día o de una noche

las 11 y 8 varadas en un reloj de péndulo,

en un gancho de palo una muda arrugada,

el suiche mugroso de un bombillo

y el bombillo que sabe sus desvelos.

En cualquier lado, sin querencias, tiznado,

un candelabro de barro.

La cama,

a su diestra, como su retoño, un nochero,

aplastada entre papeles y libros una mesa,

donde se sienta un asiento con la horma de sus huesos.

La ventana y una puerta,

una puerta mala: mala para abrir, mala para cerrar.

No hay luz y no titila la vela.

El inquilino no está,

quizás pueda volver ahora

volver más tarde

o no volver nunca.

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León Darío Gil Ramírez

EL TABURETE

Es el más humano de los seres

que arriesgan en mi cuarto

su vida con la mía.

De mi alma está hecha la suya

de mi voluntad su voluntad vacía.

Su naturaleza es estar, manso.

Donde lo pongo se queda, dócil.

Lo encuentro donde lo dejo, esperándome.

Caviloso,

desde su inmóvil silencio

sospecha, inquiere, instiga

mi ánimo, mis dudas, mis anhelos de habitarlo.

Como el más fiel de los amigos

llana y simplemente se me ofrece,

sin reproches aguarda a que a cualquier hora llegue.

A costa de abusar de su oficio

ya, creo, se aprendió de memoria

las orillas de mi cuerpo, su peso,

las talladuras de mis huesos,

los humores que delatan lo que encierro,

las ansiedades que cruzan mi conciencia.

Son de nadie y son borregos

los que por miles se cuentan en las fiestas;

receptáculos, no más, de culos pasajeros.

Aunque apuntalen puertas

los taburetes no pueden ser sino taburetes,

aunque presten su altura de niño

para cambiar la bombilla, el bendito fusible,

limpiar el retrato

o clavar, alta, para otro santo en la pared una puntilla,

aunque sirvan de percha

para colgar los trapos que tapan la vigilia.

Del paraíso no fueron, ni serán del cielo;

de la tierra son

de donde son la sed, el hambre, la tristeza,

el cansancio y la escritura.







AGUA

Generosa y despiadada,

todopoderosa y atroz.

Si no fuera por Dios que la creó, lo sería.

El mundo bien podría ser su capricho.

Forma divina de la forma

Harta; más que, juntas,

la tierra, las piedras y la arena,

lo que crece, se mueve, lo que habla.

Murmura y canta,

aúlla en la tormenta.

Pasajera de la nube, del río, de la ola.

Alma del rocío.

Es el albergue del principio,

El sustantivo primordial de la vida,

el nítido trasfondo de la sed,

el sorbo postrero.









ALGODONES DE AZÚCAR

Es un árbol incendiado y un hombre lo lleva a cuestas. Tupido de enormes flores fucsias o desmedidas frutas de nubes de mentiras.

Son para vender y no son flores ni nubes de mentiras.

En los parques suelen morir devoradas por los niños. Allá ellos, parecen dráculas inocuos empegotados con sangre de hadas.







AÑOS

Ojalá que los años me enseñen a morir

pero sin quitarme que no pueda amarrarme los zapatos,

que no me olviden de subir la cremallera,

que ascender escalas no sea un suplicio,

que no me traben las manos de artritis,

que todavía me acuerden

donde carajos fue que dejé las llaves,

que no me quiten de la memoria

los años que voy cumpliendo,

de siempre llevar mis gafas,

que pueda, solo, subirme a la buseta,

darle a pié la vuelta a la manzana

o por lo menos a la cuadra,

que distinga los billetes,

que me dejen mandar en mis orinadas,

vestirme por mi cuenta

y por mi cuenta comerme mi comida,

que sea capaz de decir de memoria mi número de cédula

y dónde y cuándo fue que nací,

yo afeitarme

yo cortarme los pelitos de la nariz,

entrar al baño sin la ayuda de nadie, yo,

que me cambien la caligrafía

pero que nunca los años me resten la escritura,

que me dejen leer, les ruego, hasta el fin de mis días,

me dejen oír mi nombre cuando lo nombren,

que no me trastoquen los números ni las letras,

que me opaquen pero que nunca me apaguen la voz,

contestar el teléfono y marcarlo,

llegar hasta donde motila el peluquero,

y pagarle con mi propio dinero.

Que de vez en cuando me dejen

pararme en un puente y sentir que de abajo

me llaman las aguas

…que algún día me dejen acatarlas.








CUCARACHAS

Su frenética inquietud,

su esclarecida vocación por la noche,

el modo místico de averiguar el mundo;

de averiguarlo y vivirlo,

como aterradoras maquinitas de cuerda.

Incontable legión de ángeles desahuciados.

Inexorables habitantes de la casa.

Su respeto preclaro por el hombre; le huye,

su indeclinable fe por su misión y su suerte,

su reino innombrable de oquedades y de hendijas.

Dios las hizo para procurarnos la noción de la persistencia.

Jamás ni nunca las cansará la eternidad;

son eternas… aunque mueran aplastadas.









LA PUNTILLA

Vos misma, para corroborar la humildad, encubres tu existencia.

Nadie te enseñó ni nadie, en las cartillas de leer, trazó tu ser ni escribió tu nombre.

No mereciste que una tiza te dibujara en el tablero, y vos lo sostenías.

Advertí, siendo niño, que no era un milagro lo que mantenía en la pared a un mar, un peñasco y un castillo. Vos estabas detrás y yo ignoraba tu nombre.

He visto pender de tu oficio todo el universo, la espiga de un trigal, patrias abatidas, tropas de elefantes, vírgenes y santos de todas las calañas, mis llaves, bolívares descascarados, sin mi mí camisa, una cometa y el cielo, cristos, héroes de verdad o de artificio, pliegos de meses, ríos ilusorios, repisas, puentes como cuchilladas en el horizonte, virgilios aterrados, trapos y volcanes, tigres, camándulas, botellas y mujeres, espejos desmemoriados, catedrales y tugurios, los abuelos, arcos del triunfo o de violines, ballenas, sartenes, monalisas y barcos, una primera comunión desleída, relojes con horas varadas, trastornadas o cuerdas.

Tu invención no fue una casualidad, fue un encargo de Dios.








LA TARDE

Quiero salir a celebrar la tarde,

a gritarle al sol

que no inquiete los colores;

a las montañas que acojan su sino

y no el de vagos horizontes;

al viento

que deje en paz las nubes

que no les cambie su ministerio

de dragones

por el de trenes ilusorios

por el de carcazas de cocodrilos rotos

por el de barcos desgreñados

con alargadas chimeneas

como duendes, ángeles partidos,

leones indescifrables

o caracoles enormes;

que desapacigue los arreboles,

les pacifique su ardor;

al cielo

que si es aguamarina que lo sea

que deje de insinuar,

como un engaño,

los grises, los multitudinarios ocres,

los violetas;

que disuelva el encanto

y deje entrar la noche

con su cochero, la luna,

para que, de una vez,

la alucinación

le ceda el turno a los sueños.


LEÓN DARÍO GIL RAMIREZ

Nací en Caramanta, Antioquia, en 1953. Desde 1962 resido en Manizales donde realicé los estudios de primaria, bachillerato y un año de Derecho en la U. De Caldas. Estudié Sociología en Bogotá en la Universidad Cooperativa Nacional. Investigador Cultural, desde la perspectiva de lo “Popular”. Miembro fundador de la Fundación Pedagógica de Caldas “Fupec” en cuyo territorio desarrollamos la investigación: Primera Expedición Pedagógica de Caldas. Redactor y colaborador de varias publicaciones: Revista Foro, Revista Educación y Cultura, Revista Integración, Revista Palabras, Periódico Textos (Festival Internacional de Teatro de Manizales), Papel Salmón (Dominical del periódico La Patria), Revista Ipsipila de la Universidad de Caldas, Revista Gente de Video, Quehacer Cultural, Revista Juegos Florales. Becario del Ministerio de Cultura (1998). Realizador y asesor de varios videos. Realizador de talleres en gran parte de los municipios de Caldas. Conferencista Facultad de Bellas Artes, Universidad de Caldas, Manizales, 2005. Conferencista Caldas 100 años, “Historias no contadas”, Banco de la República, Manizales. Conferencista “Feria del Libro” 2005. Manizales. Conferencista Biblioteca Pública Municipal (noviembre 2005), Alcaldía Municipal de Manizales. Lectura de poemas: Facultad de Bellas Artes (julio 2006), Biblioteca Pública Municipal de Manizales (septiembre 2006), “Feria del Libro” 2006.