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Publicado: julio 3, 2013 en fotos, Imágenes, Julio Césae Correa, manizales, poeta

Dos Rostros
via PicsArt Photo Studio

Julio César Correa
A Borges se le han escuchado quizás las mejores y más memorables sentencias no solo sobre poesía. La siguiente se le endosa al argentino cosmopolita: “Que otros se enorgullezcan de las páginas que han escrito, yo me enorgullezco de las que he leído”. De la misma manera creo recordar otra sentencia suya sobre la página perfecta, la página imposible, y a la que se vuelve siempre buscando corregir para hallar la perfección de manera casi infinita. Al final, simplemente, nos cuenta que no hay páginas perfectas. Y que esta es una lucha a lo mejor perdida. También a algún otro autor, de quien ya no recuerdo su nombre y que, a lo mejor, es producto de mi deseo más que de las posibles lecturas sostiene la imposibilidad de que alguien, por más buen escritor que sea, escriba una obra igual, sin caídas o precipitaciones; de allí que lo recuerde citando estas líneas: “Escribir al menos un verso memorable”.
Que a uno lo recuerden en el presente o en la posteridad, al menos, por un verso es algo que se ha de agradecer. Con mayor razón si a uno lo recuerdan por un poema como ha ocurrido con muchos de los poetas hoy ya olvidados. De Barba Jacob ¿quién no recuerda su “Canción de la vida profunda”?, para sólo citar un caso.
Otros, a lo mejor, envueltos en los volátiles aromas de la vanidad y la ignorancia creen estar escribiendo páginas de inolvidable valor, cuando en realidad la musa se les extravía en toda suerte de concesiones. Sin saberlo, hacen parte del selecto grupo de los funcionarios de la repetición, de los graduados en relaciones públicas, en “la pose moderada” de quienes “hablan bien” de todo el mundo porque sólo esperan reciprocidad. De allí que cultiven con especial talento “la palabra medida e intencionada”, el cálculo mental y, en ese sentido, el elogio fácil, el saludo (a lo vallenato) al “millón de amigos”. No ha de faltar la rodilla en tierra, la medida genuflexión ante el figurón de turno; incluso, llega a no importarle la librea para servir al político hampón con tal de figurar y llegar a tener eso que los americanos llaman “quince minutos de gloria”.
Un solo verso es suficiente para alcanzar la memoria de los demás. Que otros entonces dediquen su vida a construir el culto a la personalidad, a auto-promoverse, a auto-invitarse a cuanto evento resulte con el único propósito de seguir acrecentando la vana gloria de los quince minutos. El cuarto de hora, a la larga, puede resultar más costoso de lo que sus entendederas se lo permiten. Fue Hermann Broch quien habló del kischt como tendencia esteticista, donde se acuna el mal, el cinismo. Puesto que al supeditar lo ético a lo estético, se termina bordeando esas zonas difusas en las que el sujeto humano deviene cínico y por eso es capaz de sostener dos o tres juicios frente al mismo hecho, sin ruborizarse siquiera. Un poeta kischt es aquél a quien no le importa hacer un buen trabajo, sino un trabajo que le guste, por encima de todo, a los demás.
Un verso, un solo verso, es más que suficiente para hallar eco en la memoria de los otros. Una vida entera no basta ni será suficiente para alcanzar la inmortalidad, si para lograrlo debo aprender a agachar la cabeza, a retroceder aplaudiendo, a callar para permitir el largo bostezo de los otros. Una vida entera no basta si la obra que me propongo escribir es apenas el eco disciplinado de quien ha aprendido simplemente a obedecer.
Finalmente, dejo abierto el post con la siguiente sentencia de ese gran maestro y poeta llamado Roberto Juarroz: “—Siempre me ha parecido mejor, y hasta beneficioso para la higiene del espíritu, no confundir los ámbitos de la poesía, la vida cultural, la política cultural y aun la literatura en general. La poesía nace y se inserta en el silencio que no pasa. Por ello, y muy especialmente, he desconfiado de la dimensión que suelo llamar “socioliteraria”, o sea ese juego de intereses, de motivaciones, de apetencia de éxito, de búsqueda de reacciones, que suele preocupar a los escritores y a los poetas.”

1

Somos ríos

nos encontraremos en el mar

allí mismo moriremos


2

Alcanzo la cima de la montaña

Y aun en la cúspide

no termino por conocerme


3


Todas las noches

la luna deja perlas de rocío

sobre los pétalos de las flores


4


Los sauces en grupo

mientras se inclinan sobre el agua

conversan al atardecer


5

Al ascender la montaña

geranios

mi cabeza llena de sueños


6

En perfume transformado

el jazmín ha desaparecido

bajo la luna


7

Toda carta que llega

tiene el suave aleteo

de una paloma en el tejado


8

En el pentagrama de la brisa

los pájaros escriben

la partitura de su canto


9

Recorro el territorio de tu piel

E insomne busco

Donde sembrar mi cuerpo


10

Cuando estoy despierto

mi alma duerme

mas cuando duermo

un ave vuela por el infinito


JOSE
ORTEGA MORENO. Poeta y docente santandereano. Su vasta producción
incluye el gusto por esta dificil manera de expresar el mundo: el
haikú. Se puede afirmar que este poeta es, de alguna manera, uno de los
pocos referentes válidos de la poesía que se cultiva y se escribe en
Santander (Colombia), referente por cuanto su presencia y su
importancia son indiscutibles. De una fina sensibilidad que lo ha
llevado a mostrar en la región lo que muchos otros, quizás con más
“gloria”, no han podido: que la poesía no es un asunto de centros
literarios, ni de homenajes a las reinas de belleza o un simple
pasatiempo; por el contrario, para José Ortega la poesía es una manera
de ser y de habitar este mundo.